tribuna

Rufián con Yélamo

El sábado por la noche volví a ver la entrevista de Yélamo a Rufián en la Sexta. Es del tiempo en que Sánchez hizo la ronda de encuentros en la Moncloa y algunos fueron a regañadientes para evitar la foto con el cuarto ocupante del Peugeot, después de que la UCO revelara los últimos audios de Koldo. No la recordaba con nitidez y me sirvió para ver cómo se escabullía del acoso del periodista para conseguir una declaración de apoyo que nunca existió. No aseguró, en ningún caso, que la legislatura fuera a durar hasta el final. Dijo que el partido socialista es el único responsable de lo que sucede y los demás no tienen porqué mancharse en ese asunto.


Yélamo insistía en lo de la financiación irregular, y Rufián decía que no se trataba exclusivamente de eso. De aquí deduje que se trataba de establecer como límite del mandato una condena firme por parte de los tribunales, incluyendo al Constitucional, pero Rufián no entró a ese trapo y dejó en el aire la incertidumbre, haciendo un poco de política casera, hablando de que Junts será el próximo socio de gobierno de Feijóo. Lo definió como un partido neoliberal, pero esto es normal atendiendo a la guerra de espacios en que se ha convertido la política, que cada vez se parece más al fútbol, incluidas las descalificaciones a Lamine Yamal por contratar enanos para su cumpleaños.


España se mueve por estos terrenos resbaladizos, pero me imagino que esto sucede en el resto del mundo, a la espera de unas nuevas pautas de comportamiento que no aparecen por ninguna parte. Estamos en un tiempo de transiciones. Así se llaman varios de los departamentos del Gobierno que obedecen a lo prevista en las agendas 20/30 y 20/50 que hoy están siendo objeto de revisión, como todo lo woke.


No hemos acabado de consolidar la transición que iniciamos hace cerca de 50 años y ya empezamos a usar ese término transitorio como si se hubiera caducado. Procuro no engañarme al considerar que se trata de aspectos de la política interna, pero es algo más global. En las palabras de Rufián vislumbré el diseño de un panorama nuevo construido con principios antiguos, como si se estuviera esforzando en el mantenimiento de una idea romántica que ya no da más de sí. Rufián es un puro que sigue pensando que la trampa nunca se podrá convertir en una virtud.


Tiene la simpleza del que proviene del mundo rural de valores auténticos y sencillos, sabiendo que eso ya no tiene cabida en un ámbito dominado por la artificialidad, las narrativas, los relatos y los argumentarios justificativos que han pasado a ser las bases para convencer a los jueces de asuntos penales, que se transforman en extrajurídicos a conveniencia de quien los fabrica. Había un aroma a autenticidad ética en las palabras de Rufián. Debe ser conocedor de que ese déficit es el que hace que el Gobierno entre en bancarrota en las encuestas, y acepta con paciencia que la catástrofe que se avecina no le puede afectar a él.


Esto es lo que observé al ver por segunda vez la entrevista. Como siempre, con la observación inmediata se nos quedan muchas cosas en el tintero.