Tengo un problema con el cambio climático, y es que no llega al lugar donde vivo. Así que me tengo que conformar con verlo en televisión. Supongo que le debe pasar a muchas personas que siguen viviendo con la normalidad a cuestas y no observan nada raro que altere su existencia. Lo mismo me pasa con los eclipses. Ahora va a haber tres y no veré ninguno.
Este verano hemos sufrido terribles olas de calor, pero el bendito alisio ha hecho que no me haya enterado. Dos o tres días con algo más de 30 grados y para de contar. No soy negacionista, soy escritor y cuento mis sensaciones, aquellas que me resultan verdaderas desde mi modesta observación. Siempre la mía y no la de otros.
Reconozco que hay una cierta sugestión informativa que llega a generalizar lo que sucede en lugares diferentes a este donde estoy. Por eso hemos sufrido un calor inducido, igual que nos pasará con las lluvias que ya se anuncian para este otoño. Hay localizaciones muy concretas que se intentan extrapolar para hacerlas planetarias. Quizá por eso se anuncia que el Gobierno centrará su actividad política en la emergencia del clima y en la guerra de Gaza, cuestiones que a mí, sinceramente, me quedan bastante alejadas de la realidad cotidiana.
Cada mañana me pongo a escribir frente a la ventana y no veo todas esas cosas que me cuentan en los digitales que aparecen en la pantalla de mi ordenador. Ya no sé cuál es la realidad: si lo que ven mis ojos o lo que leo, negro sobre blanco, o la visión del mundo encerrada en una imagen de 120 pulgadas. Todo se engrandece o empequeñece en función de su interés. Es como en la época de Platón. Hemos cambiado la caverna y sus sombras proyectadas por la selección informativa de aquello que va a estremecer a nuestra sensibilidad. Al final, fabricamos datos para construir un relato del que extraeremos nuevos datos. Es una cadena sin fin de la que no nos podemos librar y que se retroalimenta con el consumo que hacemos de ella, aceptándola o negándola, que da igual. La cuestión es no pararla y extraer las conclusiones que interesen.
Hemos logrado, a través de una mágica traslocación, ser omnipresentes planetarios sin salir de casa. Ya no hace falta ser el doctor Livingston para descubrir las cataratas Victoria. Le damos al mando y ya las tenemos ahí. Lo mismo sucede con los hielos que caen al mar en el Perito Moreno, con los apuros de un pingüino en el Ártico, o con un periodista huyendo de las bombas de Netanyahu. Todo estará de primer plato en el menú de las cadenas. Menos mal que me he tropezado en El País con un artículo de Leonardo Padura donde habla de Vargas Llosa y de otros escritores, a quien llama maestros, y que le enseñaron su oficio. La pregunta es quién les enseñó a ellos.
Confieso que no sabría identificar a los que me enseñaron a mi. He leído, y sigo leyendo a tantos, que me parecería una injusticia dejar a alguno fuera. Pongamos que ninguno lo hizo. Esto de reconocer paternidades literarias es darle chance a la Inteligencia Artificial, que se jacta de reproducir el estilo de cualquier escritor consagrado. Ayer leía que el impresionismo surgió cuando algunos pintores decidieron liberarse de la ayuda del daguerrotipo para perfeccionar el realismo. Con la escritura y la IA acabará sucediendo igual. Por eso empiezo a renegar de las influencias de la realidad versionada a través de la ficción. Me declaro en rebeldía y solo me creo aquello que veo a través de mi ventana desde que me levanto. Los aviones que entran y los que salen, las nubes que cubren el cielo, el color de las casas y ese filo de sol que aparece en el horizonte para hacerse cada vez más grande.
