tribuna

El muro de Nueva York

Los Premios Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS conceden este año la mención especial a los niños damnificados de las guerras. En la asamblea de la ONU se escucharon dos voces contrapuestas sobre Gaza y el mundo, dos concepciones diametralmente opuestas. Trump y el rey de España discreparon, sin medias tintas, sobre cuestiones nucleares, y la distancia parece abismal.

Semejante antagonismo en la gran escena política de Nueva York resulta insólito entre dos líderes tan señalados del bloque occidental. Y permite calibrar el muro de intransigencia que la ultraderecha ha levantado contra los derechos humanos.

Es un antes y un después. El americano maldijo a la ONU y el español la ensalzó con pasión, y no se pusieron de acuerdo sobre el asunto neurálgico de la cita, la masacre de Gaza, convertida en un dilema existencial y origen de ese muro entre dos mundos incompatibles. Un Netanyahu con las butacas vacías (el salón desierto en señal de protesta) negó la hambruna, el genocidio y el estado palestino. Trump le vuelve a desconcertar, pues, a tan solo 12 días del anuncio del Nobel de la Paz (el viernes 10 de octubre), se ha inventado una de sus acrobacias: fingir una tregua gazatí y un gobierno presidido por Tony Blair a ver si cuela. Pero el israelí no tragará.

Todo invita a releer a Eduardo Galeano, que no conoció a Trump, pero lo intuyó en aquel libro de 2005, Patas arriba, donde al gobierno de la sociedad accedían los más depravados de la especie humana. En su intervención, el martes 23, en la asamblea de la ONU, Trump se parapetó tras un muro de silencio sobre la matanza de la población civil y, en cambio, censuró a los países que reconocen a Palestina siguiendo los pasos de España, porque, a su juicio, premian a Hamás.

El rey, en las antípodas de Trump, secundó las adhesiones y la solución de los dos Estados. En su contundente catilinaria, calificó de “aberrantes” los actos que lleva a cabo el Gobierno israelí, que “repugnan a la conciencia humana y avergüenzan al conjunto de la comunidad internacional”.

No se recuerda antítesis similar entre dos grandes estadistas de un mismo bloque, como si cada uno hablara al otro lado de un muro con absoluta incomprensión. Un muro como el de Berlín, pero entre aliados, una Guerra Fría, pero en el mismo bando, como si la democracia se volviera irreconocible y nos adentráramos, como temía el rey, en una terra incognita, sin normas, la versión bruta de las nuevas cavernas de Trump, el frenopático occidental.

No hablaban el mismo idioma, pero tampoco salían de sus bocas ideas ni remotamente parecidas. El rey albergaba la inmigración donde Trump repudiaba la invasión de forasteros que, según él, está “arruinando” Europa. Y discreparon, cómo no, sobre el cambio climático. El puchero ultra del rey desnudo, al que se le paraban la escalera mecánica y el teleprompter, chirriaba en toda la sala. Pero lo dramático es que al rey español le aguardaba en su propio país la andanada conservadora. Al peor Trump se le tienen más simpatías en la España ultramontana que al rey en el mejor discurso de su vida.

Feijóo, ahora con tupé, como dice Fernando Jáuregui, evita hacer objeciones al rey, al que ya plantó en la apertura judicial, pero es un silencio atronador. Significa no compartir las posiciones de Felipe VI sobre Gaza, inmigración y calentamiento global, como Ayuso, que, una vez en brazos de Netanyahu, huelgan más explicaciones. El caso de Aznar es particularmente ingrato, tras haber pedido que se dejara hacer a Israel su trabajo por el bien de Occidente. Fue hablar el rey y tragárselo la tierra.

Tres barones del PP, Rueda (Galicia), Moreno (Andalucía) y Azcón (Aragón) ya pisan el charco que no quieren pisar Feijóo, Ayuso y Aznar: llaman por su nombre al “genocidio” israelí. El tsunami de Gaza amenaza al PP porque el PP ha querido.

Feijóo creyó haber resuelto las dudas internas sobre su liderazgo con aquel congreso prevacacional de julio en Madrid, convencido de que lo siguiente sería dar la estocada a Sánchez. En dos meses, el castillo de naipes se le vino abajo, y las encuestas le apremian, porque el PP baja y Vox sube.

La ONU ha puesto a cada uno en su sitio. La ultraderecha acusa a Felipe VI de estar “abducido” por Sánchez. Pero la realidad es la que es, y, tarde o temprano, tocará reexaminar la auctoritas de Feijóo, que ahora retrocede a los mantras manidos contra la inmigración, mientras Sánchez regresa de la gira americana y la cumbre progresista de Londres remontando. Starmer lo llama el garante de que la izquierda “no está desapareciendo en el mundo”. Su economía es la que más rápido crece y en la Universidad de Columbia lo agasajaron como “un caso de éxito”. En España le hace la caricatura no Sciammarella, sino un Feijóo con moña y el pelo ondulado, al que solo le falta vestirse de seda.

El cisma en la ONU reinicia el curso político. No ha sido la amnistía, ni la crisis de la carta, ni la corrupción, ni el no a Trump en la OTAN… Va a ser la guerra de Gaza. El Muro de Nueva York.