tribuna

La Guerra S.A.

La vida política ha dado un volantazo con el genocidio israelí, que tiene en estado de shock al sanedrín conservador, acostumbrado a marcar a fuego la agenda y la calle contra la inmigración. Una estela de rechazo al exterminio del pueblo palestino recorre el mundo en mitad del odio y el racismo.

No todos los fenómenos sociales responden al mismo patrón. La xenofobia antimigratoria es un leitmotiv global de fundaciones y lobbies de ultraderecha, como Heritage. La causa de Gaza es un hecho disruptivo, dadas las proporciones de la respuesta de Israel al brutal ataque de Hamás en octubre de 2023. Se trata de una masacre en tiempo real sin precedentes.

Todo el mérito de esta ola de indignación es de Benjamín Netanyahu, ese nombre asociado a la palabra genocidio. Quizá resulte definitiva la baladronada de Bezalel Smotrich, el ministro ultra de Finanzas israelí, celebrando la “mina de oro inmobiliaria” de Ciudad de Gaza devastada, que el Gobierno negocia con EE.UU. “en porcentajes”. El periodista del diario Haaretz Gideon Levy (una voz israelí insobornable) retrata al ministro: “Solo los nazis hablaron así, con orgullo por la matanza en masa y su genocidio”. Ya el mundo no está ciego. Smotrich le quitó la venda.

España, es justo reconocerlo, mantiene una actitud ejemplar. Un barómetro del Real Instituto Elcano acredita que el 82% de la población española califica los hechos de genocidio. Votantes del PP, por tanto, no piensan igual que sus dirigentes. El dato del segundo think tank europeo contrasta con la FAES partidista de Aznar y su hipérbole trumpiana de que, si Israel no acaba el trabajo, Occidente lo lamentará. La derecha española se muestra de las menos compasivas. Portugal, un gobierno conservador, reconoce hoy domingo a Palestina. Mañana, en la asamblea de la ONU sobre Gaza, otra decena de estados hará lo mismo, con Francia a la cabeza.

Netanyahu cumple al pie de la letra los designios de Trump de una Riviera de Oriente Próximo en la Franja, pese a su incómoda esposa, Melania, que no soporta las escenas de la hambruna infantil. En la visita de la pareja a Reino Unido, la muchedumbre gritaba “fascista, criminal”, bajo este caldo de cultivo.

Sánchez tuvo un acto de reflejo cuando fue el primero en cuestionar la barbarie, y Sudáfrica, icono del apartheid, denunció el genocidio ante la Corte Internacional de Justicia. Sánchez fue el apóstata de Occidente. Feijóo se jactaba de que era una guerra justa y lo acusaba de poner a España en un brete ofendiendo al israelí, que tenía patente de corso. Ahora, Felipe VI, en Egipto, reivindica los pacifistas años 90 y los pañuelos blancos del Cairo y Madrid.

Ante eso, Feijóo ya concede que “la masacre de civiles debe parar en Gaza”, pero qué poco caso le hacen a bordo. Ayuso se desgañita negando el genocidio (“para nosotros, desde luego, no es el caso”), persigue banderas palestinas en los colegios de su baronía, y en su entorno llaman “gentuza” a quienes se manifestaron el domingo 14 en la Villa y Corte. La fecha que ya nadie olvida, ciclista y ciclópea.

Ese día todo cambió con una vuelta de tuerca. La rebelión de Madrid convocó a más de 100.000 personas en la calle por los derechos humanos de un pueblo en extinción (una demanda insólita en los tiempos que corren), al día siguiente de que otros tantos manifestantes protestaran en Londres contra la inmigración y el asesinato del activista proTrump. El día del crac de la Vuelta saltó por los aires la política española, con sus relatos. Y comenzó un tsunami de acciones para ponerle palos en las ruedas a Netanyahu. Leyen le dio el codazo comercial. Y el canciller Friedrich Merz alardeó en España de que Israel no hará esta guerra con armas alemanas. Otro dogma por los suelos.

No es una nube pasajera. Una comisión independiente de la ONU dictaminó que hay “genocidio”, y la relatora de Naciones Unidas Francesca Albanese revela informaciones fiables estremecedoras: los muertos reales en Gaza no serían 65.000, sino diez veces más, 680.000, de los cuales, 380.000 serían menores de cinco años.

Nadie desea leer nunca lo que sigue. Raúl Incertis, médico voluntario español en dos hospitales de Gaza, cuenta en un artículo en El País cómo llegaban los niños solos, porque los padres habían muerto en los bombardeos. Cita a una niña con una camiseta de tirantes con ovejitas estampadas, le apartó un brazo carbonizado, pero murió: “Perdí la cuenta de los niños mutilados, aplastados o quemados a los que había tenido que atender junto a mis compañeros. Y de los muertos.”

La rebelión de Madrid promete extenderse a festivales y competiciones deportivas. En Los Ángeles, Javier Bardem, lucía un pañuelo palestino al cuello en la alfombra roja de los Emmy. La polémica sobre la Vuelta ciclista de 2026 en Tenerife, sin Gran Canaria, huelga. Cuando a Netanyahu le toque su Núremberg, muchos agradecerán haber permanecido, al menos, callados, aunque eso no les calme la conciencia.