tribuna

Detrás de cada bata blanca

Ejercer la medicina en este país es una carrera de fondo en la que la meta siempre se aleja. Los salarios no compensan, las plazas se eternizan, los contratos son temporales y la estabilidad, un espejismo. La administración los exprime con sonrisa burocrática mientras presume de sanidad pública en los discursos. Les exige lo imposible y luego les da las gracias con aplausos en pandemia y la indiferencia de siempre después. Detrás de cada bata blanca hay una historia. Yo conozco una de cerca: soy madre de una médica. Y no lo digo solo con orgullo, sino con la conciencia de lo que hay detrás: seis años de carrera, un año de preparación para un examen que decide todo, una plaza, cinco años de residencia porque eligió una especialidad quirúrgica. Años de estudio, noches sin dormir, guardias que no cotizan y un cansancio que no se mide. Cinco años aprendiendo a sostener el dolor ajeno, dejando el suyo a un lado. Los acusan de pedir demasiado, se les tacha de inconformistas, como si cuidar de todos fuera su obligación por vocación divina. Lo mismo pasa con los sanitarios, los bomberos, la policía, los educadores… Siempre están ahí cuando los necesitamos: cuando la vida se nos va, cuando el país arde, cuando el miedo nos paraliza o mientras el futuro se construye en un aula. Después, cuando todo se calma, los olvidamos. Nos hemos acostumbrado a exigirles entrega absoluta sin darles ni respeto. Así es como una sociedad se degrada: cuando empieza a despreciar a los que la sostienen. Nosotros, los pacientes. Los que llegamos cansados, con prisa, sin paciencia. Los que gritamos en urgencias porque “tardan mucho”, los que exigimos recetas como si fueran favores, los que pensamos que Google sabe más. Los que no miramos a los ojos a quien lleva diez horas seguidas de pie en un quirófano o en una consulta. No somos mejores que la administración cuando tratamos a un médico como si fuera un empleado más, o peor, un enemigo. Mi hija llega a casa agotada, con ojeras y el alma cansada. A veces calla, otras solo suspira. Otros días llega feliz. Feliz por haber mejorado la vida de alguien, por haber aliviado un dolor, por haber devuelto la esperanza. Porque esa es su vocación, la que la mantiene en pie pese a todo. Esa es la vocación que este país debería cuidar con respeto y gratitud, en lugar de darla por sentada. Cuando alguien se sienta delante de un médico debería recordar que al otro lado hay una persona que eligió cuidar de vidas con entrega y humanidad. No son heroínas ni mártires. No quieren aplausos, solo respeto.