opinión

El curioso caso de Benjamin Cruz

Afirmaba Rilke que la verdadera patria de un hombre es la infancia y es a ella a la que regresamos en momentos de incertidumbre. Esta crónica narra el retorno del niño, llamado Juanito, hijo de Juana y de Paco, que nació en La Vera. Desde el principio fue consciente de que la vida sería un interrogante. Las dudas de las noches sin aliento junto a un barranco y su asma. Años en los que el mundo acababa en la Plaza del Charco. La humedad “conspiraba para que yo (asmático en grado sumo) me muriera en cualquier momento”. Paradójicamente, ¿no fue esa circunstancia lo que le permitió vivir con tanta intensidad? Entonces, allí acababa todo y al unísono empezó. Cientos de historias dieron luz. Relatos a los que volver en busca del tiempo perdido de la mano de Marcel Proust… “Recuerdo la suerte que tengo de seguir vivo”.

La fortuna noveliza las páginas de El curioso caso de Benjamin (Cruz) Button. Un relato creado por Scott Fitzgerald a raíz de un comentario de Mark Twain: ‘La vida sería infinitamente más feliz si uno pudiera nacer a la edad de 80 y gradualmente acercarse a los 18’. En ese regreso al futuro, el niño rejuvenece con el recuerdo. En ese Puerto de la Cruz en el que, a finales de los 40, la felicidad de Juanito se cifraba en volver a casa con Unamuno entre sus manos. Un tiempo circular que siguió deparando sorpresas el día que la radio entró en su casa. “Dentro hay un maldito”, afirmaba su madre de la que aprendió las palabras… Y de la radio, la sintaxis. Escuchar, leer y escribir con nueve años. La primavera y la vida se reproducían como fotogramas en su mirada mientras hurgaba en la magia de la escritura.

“La literatura es la zona de reposo de la angustia”. Con once años se acercó al Ayuntamiento a pedir al alcalde don Felipe Machado del Hoyo Solórzano, conde de las Siete Fuentes, una beca. El regidor preguntó al ujier qué quería aquel chico. “Viene a pedir una beca para estudiar” … “Dígale a ese muchacho que el alcalde no recibe a pordioseros”.

Sin embargo, el niño abrió los ojos para observar a su alrededor y descubrir que el mundo giraba y la vida continuó discurriendo. Una factoría de sorpresas, causas y azares. Los Beatles, sin Lennon, aterrizaron en la isla en la primavera del 63, cuando no eran las grandes estrellas que cambiarían la historia de la música. En meses, con el Please, please me coparían el número 1 de las listas. La familia Kiessling abría las puertas del Loro Parque en 1972 y en otro abril del 77 El Lago Martiánez de César Manrique. ¿El Puerto que el niño abandonó era El Crepúsculo de los Dioses? El principio es siempre el fin, y el ocaso no deja de ser un enigmático comienzo.

Nunca dudó en ser periodista. Los tiempos estaban cambiando y Bob Dylan se encargó de recordárselo. El 4 de mayo salió el primer número de El País. Dirigido por el hijo de Ortega y Gasset. Juanito cogió aquel tren y acabó en Londres. Pasado y futuro confluyeron en una decisión y una carta que no se destapó cuando el director del periódico El Día le dijo a Juana: ”No deje que el chico se vaya, ese periódico no va a durar nada”. Las decisiones confluyeron en el advenimiento de una nueva era. Aquel chico era un milagro. Solo que no el tipo de prodigio que todos esperan ver. La vida es un secreto, un misterio… Allá en el horizonte, Over the Rainbow, las voces del pasado tronan allí donde las oportunidades definen las vidas. ”Un periódico es una ciudad nerviosa -como recuerda escuchar afirmar a Enrique Vila-Matas- y un libro un paraíso turbulento”.

Y alunizó Crónica de la nada hecha pedazos con el Premio Benito Pérez Armas, en ese periplo eterno de ansia y ganas de averiguar nuevas personas-sucesos-palabras. Johan Cruyff debutaba en el año 1973 con el Barcelona de los chicharreros El Tigre Barrios y Juanito El Vieja, aunque Juanito fue de Foncho en su viaje al corazón del fútbol. Un espectacular lateral derecho que disputó la final maldita de los cuatro postes (cuadrados) de la Copa de Europa en Berna. Antes, en la primavera del 61 debutó en Cardiff anotando un gol para España. Y en el pasado presente de la crónica hecha pedazos su maestro, don Domingo (Pérez Minik), dejó escrito: “La crónica compromete. Una obra periodística que pasa de la noticia a la crónica y Juan la convierte en novela”. “La memoria está en el presente. El presente es la memoria en marcha”.

El niño se reconoce: “No soy ajeno a la infancia. Sigue explicándome cosas de hoy. A veces, me manda una postal. Converso cada día con esa infancia. Mi madre en mi imaginario es la pregunta, y ella fue la primera que dijo: este chico se pasa la vida preguntando”. En una de sus columnas nos trajo una frase que es una historia en sí misma: Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Fue en Quito donde el poeta Jorge Enrique Adoum se encontró con esa inscripción, mezcla de sarcasmo y melancolía. Esa magia que significa el recuerdo y que llevó a este curioso Cruz a dejar otra leyenda: “Aquí vivió don Domingo mucho”. Una frase escrita, como tributo, en la fachada de la casa de Pérez Minik por el niño escritor y periodista, el cineasta Miguel García Morales, el poeta Arturo Maccanti y el pintor José Luis Fajardo.

Suceden en el universo de (Benjamin) Cruz fenómenos curiosos propios de un personaje del realismo mágico, o tal vez sean las toneladas de literatura que lleva encima. Egos (revueltos), la cara oculta, inquietudes, ambiciones, angustias y obsesiones. Perfiles literarios, impagables anécdotas, entresijos retratos de la fragilidad de los artistas. “Uno está esperando palabras en la literatura y en la vida, palabras aéreas y pesadas. La vida son mil recuerdos cruzados”. Y la infancia a veces es el descubrimiento de la maldad en una época oscura. 1.200 pasos con los que regresa a su hogar, a la escuela donde jugó con sus amigos. Allí donde experimentó dolor, violencia, miedo y odio, en su paso a la adolescencia. Lo importante no es lo bien que escribas sino lo que sientes al hacerlo. La memoria recitada de un adolescente que duele golpe a golpe como si recreara la Nouvelle Vague y Les quatre cents coups, ópera prima de Truffaut.  

¿Es suficiente con tener talento? Hay que tener carácter también. “Sí, ahora sé lo que es tener carácter. Lo adquirí en esa ventana de mi casa que daba a la vida”. Y Scott Fitzgerald enseña a (Benjamin) Cruz: “No sé si es importante, pero nunca es tarde para ser quienes queremos ser. No hay límite en el tiempo, puedes empezar cuando quieras. No hay reglas. Podemos aprovechar oportunidades o echar todo a perder. Espero que hagas lo mejor.”

El niño de La Vera continúa columpiándose en el maravilloso circo de la existencia: “Espero que veas cosas que te asombren, que te sorprendan, que te hagan sentir… La vida no se mide en minutos, se mide en momentos. Uno nunca sabe lo que le espera. Nunca sabes lo que te sucederá. Y nadie deberá decirte lo que debes hacer. Tienes que hacer lo que estás destinado a ser”.

Y el niño Cruz no puede evitar sumergirse en las palabras de Scott Fitzgerald.

TE PUEDE INTERESAR