Es la mejor noticia que hoy día se puede dar en un periódico. Se acaba la guerra de Gaza después de dos años. Y falta Ucrania, que ya dura el doble de ese tiempo.
Por suerte, la paz y la devolución de rehenes no va a depender del Nobel, todo está bien atado por ahora. Y la mujer que lo ganó, María Corina Machado, ennoblece la causa y el premio.
El fuego pasó de largo, y queda en pie la ley contra Netanyahu, el hombre que habló a la ONU vacía. A las diez de la mañana del viernes, día 10, cesó la guerra, el genocidio televisado. Se replegaron las bombas y avanzarán los camiones de ayuda contra el hambre, una columna de gazatíes regresa a casa, las mujeres preparan el té y lanzan ululatos de alegría. Habrá provisión de refugios para que puedan pasar el invierno. Y se abre un turno de historias de héroes y heroínas que salvaron niños del hambre y las balas, habrá listas de Schlinder y periodistas palestinos que han hecho este oficio aún más grande.
Netanyahu, hijo de un historiador reverenciado en Israel, quiso huir hacia adelante, escapar de sus causas judiciales por corrupción y afianzar un gobierno con ultras exacerbados, todo un aviso a navegantes para riesgos potenciales como el nuestro.
Nadie honestamente puede cubrir con un tupido velo el papel desempeñado por España, por Pedro Sánchez y la famosa rebelión de Madrid, que detuvo la Vuelta Ciclista a España y dio la vuelta al mundo. Sería mezquino a causa de batallas intestinas. Hay un innegable éxito histórico de oportunidad moral de España como vanguardia cuando la contraofensiva israelí al brutal ataque de Hamás se tornó un apocalipsis palestino, una guerra del Antiguo Testamento. Cuando Sánchez predicaba en el desierto contra los bombardeos a la población civil, Europa miraba a otro lado. Por eso, Egipto lo invita a Sharm El-Sheikh, a la ceremonia del acuerdo de paz, mañana, junto a EE.UU., los principales países árabes y algunos líderes europeos. Aquello por lo que las fuerzas conservadoras españolas crucificaban al presidente de este país es ahora objeto de aplauso unánime.
Yo tenía vivas las escenas de 1979. Suárez recibiendo en la Moncloa, frente al desagrado de Europa, a Yasser Arafat, con guerrera militar y el kufiya beduino, y, a la cintura, un revólver Magnum. Era el mes de septiembre y, pocos días antes, yo había coincidido con el líder de la OLP en La Habana, en la VI Cumbre de Países No Alineados. Lo vi exultante. En el salón del plenario, me quedé absorto al lado de Tito (87), que parecía una esfinge, y el que pasaba como un rayo era Arafat.
España fue también, durante esta guerra, la primera en reconocer a Palestina y en llamar a las cosas por su nombre, genocidio, y en lanzar un SOS que trajo consigo el derramamiento global de solidaridad. La calle se lanzó a la calle y precipitó la paz con la pérdida reputacional de Israel.
El catedrático de Derecho Internacional Manuel Medina Ortega, un legendario eurodiputado canario que está a punto de cumplir 90 años, me decía este jueves, 24 horas antes de la declaración oficial del alto el fuego, que Israel ha cometido un genocidio con todas las letras. Shlomo Ben Ami, exministro de Exteriores israelí, sentencia que “el estigma perdurará”. Han sido 67.211 muertos; el último, el mismo viernes por la mañana, en tiempo de descuento.
La inaudita polémica suscitada en España -nunca lo imaginé- a raíz de la entrevista que le hice al ministro Ángel Víctor Torres en ATLÁNTICO TV, ya figura en el estupidiario español de esta guerra infausta. Torres se inclinó por Sánchez, en lugar de Trump, para el Nobel de la Paz, y esa respuesta se viralizó mediáticamente en España durante varios días. El plazo se había cerrado en enero, pero les hervía la sangre a sus opositores la sola mención del nombre de su Leviatán particular. Ahora, Corina Machado, una especie de Ariadna que aspira a guiar al pueblo venezolano saliendo del laberinto del Minotauro con su hilo, acalla todo ese ruido afín.
Bastó oír el discurso de Felipe VI en la ONU -el grito de auxilio de un rey a favor de la paz-, para sentir vergüenza ajena de quienes jaleaban a Netanyahu, como Aznar (“déjenle hacer el trabajo por el bien de Occidente”) o Ayuso (“el rey reina, pero no gobierna”).
¿Y ahora qué? Nadie sospechaba que Trump daría un giro de 180 grados, humillaría a Netanyahu con el telefonazo genuflexo a Catar, y lanzaría un plan de paz efectivo. Trump -infame contra el mundo y contra su propio país- antepuso los intereses empresariales de EE.UU. y de su familia con los árabes tras su gira a Oriente Medio. Esta paz trumpista se fraguó entonces, en mayo. Por eso, no peligra, pese a que Trump se quedó sin el Nobel. María Corina ha sido la jugada maestra del Comité Noruego de un Parlamento progresista tras las últimas elecciones. Ni Maduro ni Trump, ahora en litigios, pueden sentirse felices, pero a Gaza le trae sin cuidado.

