cualquier cosa

Mirar por la ventana

La Sagrada Orden del Bocachanclismo

Tenía ganas de escribir un cuento, y en seguida me vino a la cabeza la figura del cuentacuentos que pululaba por mi adolescencia, en aquella Laguna en Tenerife, plagada de bohemios universitarios, de cigarrillos y sensación de magia inigualable (era humedad). Por allí abundaba el personaje del cuentacuentos para adultos, un narrador de textos efectistas sacados de algún libro. De esos con giro de guión, de idea explosiva que suplicaba un “ohhh” de la audiencia, ejecutada con pausa y levantamiento de ceja de medio lado, con una superioridad inmerecida para un simple reproductor de las palabras de otros.

Siempre empezaban igual, con un “cuentan que cuentan que cuentan…”, con la voz engolada, medio susurrada, y así quiero empezar hoy la mía, en una suerte de homenaje patético y, seguramente, carente de imaginación.

Pues eso, allá va.

Cuentan que cuentan que cuentan (jajaja) que hubo una vez un lugar (siempre hay un lugar, muy lejos normalmente) donde habitaba un hombre (también siempre hay un hombre, bueno, me callo ya),…un hombre que coleccionaba ventanas. (¡¡Tachááááán!!).

Coleccionaba ventanas. No le interesaban los sellos, ni recuerdos, ni nada de valor como cuadros de Monet o cromos de Pokemon, no, coleccionaba aberturas en las paredes. Pensaba que la felicidad, muy posiblemente, se escondiera en el próximo hueco que diera al siguiente paisaje, y por no quedarse con las dudas, iba agujereando su vida.

Hay que recordar que uno nace sin paredes, y al construirlas para protegerse, empieza a hacer ventanas, medidas y razonables, para sentir un “poquito de aquello”. Abres la primera a quien fuiste, pero quizá da a otro muro. Haces otra esperando espiar al vecino, y da a un espejo. Así, nuestro protagonista fue taladrando su casa hasta dejarla como un queso de cristales, todo tipo de ventanas, por si ese fuera el problema; ventanas de barco, de gallinero, de buzón, claraboyas, lucernarios. Entraba tanta luz que ya no veía sus propios muebles ni el polvo en el aire. Suponía que a más luz, mejor, pero estaba cegado de ver.

En el barrio se murmuraba que su rareza no era mirar, sino ser visto. Y es que fuera no es que hubieran paisajes, solo otras cosas con otras ventanas donde se hacía lo mismo que él practicaba. A veces algún vecino saludaba y él, molesto, cerraba esa persiana.

De noche, cuando no había luz, encendía las ventanas de sus pantallas. Saltaba de una en otra con la prisa de quien teme que la vida esté ocurriendo en otra parte. No amaba nada, solo probaba todo convencido de que el sabor bueno estaría en el siguiente bocado, como quien pasa el dedo por una hilera de timbres esperando que alguno suene distinto.

Pero solo era un adicto a la novedad.

Se decía que solo buscaba aire fresco, pero nunca hacía porque corriera la corriente, se dijo lo necesario para adaptar la casa a él y no plantearse en construir una puerta. Y como pasa en estos casos, si repites las mismas excusas demasiado tiempo, corres el riesgo de que se conviertan en tu personalidad.

A la repetición la llamó aburrimiento, culpó al paisaje de no hacerle sentir, se justificó con palabras hermosas: curiosidad, exploración, libertad.

Cuando no hubo hueco para más ventanas empezó a rellenar la casa de objetos. Compró un vaso nuevo para una sed que nunca se calma, cuadernos para novelas que no escribía, camisas que por fin dirían de él lo que es, auriculares para no escuchar su propio estruendo. Todo prometía un eterno estreno.

No era malo, hasta tenía destellos de ternura. Solo que, cada vez que la vida le pedía sombra, un pequeño respiro que da profundidad a los colores, él abría otra ventana. Así que, a fuerza de claridad, las cosas perdieron forma, la mesa era solo un resplandor, la cama un calor deshabitado, las palabras un zumbido molesto y lejano.

Una tarde sin brisa, agotado, dejó de asomarse. No por virtud, por cansancio. La luz seguía entrando. Se sentó en el suelo, quieto por primera vez en mucho tiempo, y sin querer, a fuerza de su obligado estatismo, vio las motas que flotaban en el aire. Siempre estuvieron ahí, pero no las había mirado. Miró tanto rato que descubrió detalles invisibles. Una ligera rotura en una viga de madera en donde una araña construía su red (con sus ventanas también), una línea de luz que encajaba perfectamente con la línea de una baldosa del suelo, el movimiento del polvo atravesado por la última luz del día bailando al son de su tranquila exhalación.

Cerró tres ventanas. Al hacerlo no llegó la temida oscuridad, la luz se volvió habitable. Apareció la sombra, pero no la que impide ver, sino la que genera profundidad, la que da contorno a la madera, calidez al ambiente, matiz al paisaje.

Esto si era nuevo, pararse a observar. No había sido víctima del deseo, sino del miedo, a lo repetido, a la quietud que revela quienes somos cuando no hay aplausos ni espejos.

Si estuvieras leyendo esto en un avión, mira por la ventana un segundo. Ahí fuera tampoco hay aplausos, salvo que sepas escuchar la atronadora ovación del paisaje. Es la única multitud que no exige foto ni pide que sonrías. Desde esa altura, el mar no presume de olas ni las montañas de vértigo, se limitan a estar.

Cuentan que cuentan que cuentan que, desde aquel momento, el coleccionista de ventanas dejó de atesorar aperturas e, iluminado, comenzó a coleccionar cortinas, de lino, de terciopelo, de cuentas de madera… Creía que, ajustando el pliegue justo, recuperaría aquella mezcla irrepetible de luz y sombra en la que, por un instante, se sintió feliz.

Esa sería la moraleja, poco efectista sí, pero tristemente real, no aprendemos, cegados de nosotros mismos, a estarnos quietos un poco y disfrutar del paisaje que tenemos y no del que podría ser. A dejar de mirar por la ventana, a ser nosotros un paisaje digno de contemplar.

Nos vemos.