tribuna

Mientras, aquí seguimos

Cada 25 de noviembre pienso en nosotras. En todas. En las mujeres que han sufrido el daño en su forma más extrema y en aquellas que, sin llegar a ese punto, han sentido alguna vez ese roce que no se ve, pero cambia algo por dentro. Pienso también en las que viven lejos, en realidades que no siempre entendemos, y en las que tenemos cerca, aunque cueste reconocer el dolor detrás de lo cotidiano. Porque, aunque no vivamos lo mismo, todas somos conscientes. Todas conocemos a alguien. Todas hemos escuchado relatos que cuesta olvidar.

Lo que nos ocurre no entiende de fronteras. Aparece en muchos lugares del mundo, aunque no adopte siempre la misma forma ni tenga las mismas consecuencias. En algunos países se esconde en lo doméstico y en lo diario; en otros, es pública, legalizada, cultural o nacida de la ausencia absoluta de derechos. Sus expresiones son muchas: física, sexual, psicológica, económica. El 25 de noviembre sirve para recordarlas juntas, sin jerarquías, porque todas condicionan vidas, silencian voces y, en demasiados casos, también matan. Todo eso deja huella. Todo merece ser nombrado.

Tampoco empieza cuando una llega a la vida adulta. Muchas niñas crecen rodeadas de miedos que no tendrían por qué conocer tan pronto: matrimonios forzados, abusos silenciados, mutilaciones, trabajos impuestos, amenazas que se disfrazan de tradición. Lo que viven ellas también cuenta y forma parte de este 25 de noviembre. Una niña que pierde su libertad demasiado pronto ya está siendo alcanzada por lo mismo que después sufrirá una mujer.

Y ese daño que avanza sin gritar empieza mucho antes de los titulares: en las palabras que restan valor, en la libertad que se vigila, en las decisiones que se cuestionan solo por ser mujer, en la culpa que aprendemos sin darnos cuenta. No hace falta un golpe para sentir que el espacio se reduce; a veces basta con lo que se normaliza sin pensar.

No escribo desde la pena. No creo que nos defina. Somos claridad, fuerza que no presume y una capacidad inmensa de sostenernos unas a otras. Escribo desde la conciencia de que, aunque nuestras vidas sean distintas, seguimos unidas por lo que aún falta por cambiar. Cuando a una mujer —o a una niña— se le limita la vida, a todas nos toca, de un modo u otro.

Este día tampoco es un trámite. Es un recordatorio de lo que aún duele y de lo que ya no estamos dispuestas a aceptar. Lo que transforma es lo que hacemos cada día: cómo educamos, cómo acompañamos, cómo rompemos silencios, cómo nombramos lo que cuesta decir. La voluntad real de cuidar y mirar de frente cambia más que cualquier apariencia.

El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha que nos obliga a no apartar la mirada. Ojalá llegue el momento en el que este día sea solo un recuerdo. Hasta entonces, aquí seguimos: conscientes, unidas y firmes. Porque juntas somos más que la suma de nuestras heridas.