La visita que realiza hoy Zelenski a España, en medio de los aniversarios de Franco y la monarquía, en vísperas del posible ataque de Trump a Maduro y al término de un año crítico, del genocidio de Gaza, no es la de un turista que viene a ver el Guernica. Nos recuerda el signo de este tiempo: la guerra. No es un huésped, es un símbolo, un estandarte humano.
Ucrania es una guerra que hereda la conmoción de la pandemia, que se extiende hasta hoy. Su presidente, antes confinado, ya viaja por el mundo, como si la guerra fuera de gira, como Yaser Arafat salía contadas veces de la muqata de Ramala, bajo el asedio de Israel antes de morir envenenado.
Las guerras que se hacen interminables son como un infarto congelado en el tiempo, los zombis de la guerra se mantienen en pie, lo malo es cuando se acaban las bombas y los infartos se descongelan causando víctimas retardadas. Zelenski y su plana mayor viven con la mosca detrás de la oreja, por si el invasor los envenena como le pasó a Arafat, a Navalny y a tantos otros.
Este hombre nos dejó en el Guimerá, aquella vez, en la gala de los Premios Taburiente que distinguían a su pueblo, un discurso que tenía el carácter de una exclusiva, cuando vivía rehén de la guerra cercado en su país. Nos pidió, incluso, ayuda como hipotéticos intermediarios de quienes les pudieran echar una mano. Eran los primeros momentos. Se dirigía al presidente de la Fundación DIARIO DE AVISOS, Lucas Fernández, para que abogara por Ucrania en las instancias oportunas, “cuantos estamentos estén a su alcance”, para que “las democracias del mundo no nos olviden”.
Ha llovido mucho desde entonces, 2022, cuando luchaban con menos armas y experiencia que ahora, en que no descartan recibir los Tomahawk de Trump, si no se los gasta todos contra Venezuela, de apretar finalmente el gatillo. Por no recibir el Nobel de la Paz, cualquier pataleta es posible en su mente resentida: “Se van a acordar de mí”. Zelenski nada entre esas dos aguas, entre Putin y Trump.
Llevamos cuatro años con esa espada de Damocles. Y tras este cuatrienio bélico en Europa seguimos en nuestros puestos de trabajo, vivos como herejes. Pues ya no creemos en los yanquis, ni tenemos dioses alternativos. Nos hemos quedado solos, como decía Flaubert, sin la ayuda providencial de nadie. Con el ruso amenazando en las fronteras. Estos cuatro años han sido de armas tomar. Se habló de una guerra nuclear como si tal cosa. Después de lidiar con el virus, lidiamos con el Armagedón. No sé cómo seguimos equilibrados psicológicamente. Ha sido un cuento de terror. Acto seguido, llegó Trump a la Casa Blanca y nos expulsó del paraíso a los europeos. Es la teoría del sándwich: estamos entre dos rebanadas, entre Putin y Trump, como Ucrania, y no sabemos quién de los dos es peor. Zelenski resume bien ese atrapamiento tras pasar por la horca del Despacho Oval.
Así que este Zelenski que hoy aterriza en España es un hombre continente, representa a esta Europa bajo las bombas de un lado y bajo los aranceles del otro. Una Europa que teme a dos emperadores con los colmillos retorcidos. Europa es la Ucrania de 2022, porque ha llegado a temer ser invadida en cualquier momento. Y todavía no estamos bien pertrechados para defendernos. Porque la OTAN es un paripé. O sea que Ucrania está un paso por delante de Europa. Y Zelenski es un dirigente que viene del futuro que Dios no lo quiera.
Él trae en la cara insomne la guerra que nos quita el sueño. A este pequeño gigante le admiramos por su integridad, por no salir huyendo aquel 24 de febrero, ni achantarse en la encerrona del despacho el día del convenio de las tierras raras. Ser actor no le ha salvado de esta tragedia, porque las máscaras no sirven en las guerras, sino las armas. Y Zelenski se ha devenido de actor en militar. Encarna el mito moderno de David y Goliat. Si le gana al filisteo nuclear con una piedra y una honda, su gesta será mitológica.
Europa le tiene mucho respeto a este país que es símbolo de la guerra y la paz. España es proucraniana desde primera hora. La poca autoridad política y militar de la UE llevó a sus principales dirigentes a creer que influirían en Trump en vísperas de la cumbre con Putin en Alaska. Se distanciaron de Sánchez -el insumiso del 5% de la OTAN- y no lo invitaron a la Casa Blanca, para su suerte. En el ala este construyen una sala de fiestas donde Trump pretende que todos bailen al son que les toque. Y eso hicieron los líderes europeos. Alaska fue un bochorno monumental.
Ahora, Zelenski viaja a un país que sufrió una guerra y vio la luz al final del túnel en noviembre de 1975. Cincuenta años se cumplen pasado mañana.

