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Farolito

No haría falta citar a Agustín Lara y a su famosa canción, Farolito, la favorita de una amiga, a cuyos sones bailamos durante horas en los garitos de lujo de Miami Beach. El farolito de mi vida alumbraba levemente la trasera de la ermita portuense de San Telmo, donde los enamorados practicaban sus ternuras cuando caía la noche. Era una época apacible, cuando el franquismo agonizaba, pero muchos no nos enterábamos de que el franquismo se estaba muriendo, porque había otros menesteres a los que dedicarse. Todo el mundo tiraba piedras contra el farolito para que la oscuridad fuera absoluta y el paseo más placentero, y la autoridad, inquebrantable, reponía la bombilla al día siguiente, porque su obsesión era imponer la moral de la luz. El turismo había comenzado en el año 58 del siglo pasado y en los sesenta, que fue la época mejor vivida por los de mi generación, la libertad comenzaba con una canción de Raimon y terminaba con una lectura de Ruedo Ibérico, cuando apuntaba ya la siguiente década. Músicas y textos eran bastante malos, pero en aquella época en la que todavía existían el policía Alberto y su Brigada Político-Social, transgredir molaba. Los que no presumimos nunca de antifranquistas éramos los más valientes; los otros, los progres declarados, se cagaban por las patas para abajo y no hacían otra cosa que correr. A mí me gustaban, más que la política, las mujeres. Pero, claro, había que estar a la moda y me hice de la UGT. Tenía, al mismo, tiempo el carné falangista de la OJE y el de la UGT y los dos los llevaba en la cartera, por si acaso me trancaba el policía Alberto y sus sabuesos abusadores. Incluso una vez recaló por aquí, el golfo de Billy el Niño, que cometió sus tropelías habituales de policía torturador en la isla. Qué tiempos. Me quedo con la luz de aquel farolito.

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