de remplón

Hay perros invisibles en Alemania

Una vez superados los arrebatos de Emilia y su presencia borrascosa, que nos dejó cangrejos en la cocina, debajo de las camas y en la puerta del baño chico, nos adentramos hoy en ámbitos esotéricos donde es muy común escuchar el rollo del amigo invisible. Ellos, los que se ocupan de estos temas ocultos, suponen que los niños hasta cierta edad cuando hablan solos, en realidad hablan con alguien que no vemos. Puede que sí lo percibamos a través del olfato con alguna fragancia cercana, y por medio del oído con ruidos familiares. Los muy sesudos investigadores en el área de los misterios, que no son de la Universidad de Harvard ni nada, hablan de una especial conexión de la infancia temprana con parientes que ya se han ido a otra realidad intangible para nosotros, pero no para los nigromantes conectados con otros mundos posibles. Lo que yo no sabía, hasta hace poco, es que este delirio ha llegado también al mundo de las mascotas, y nadie sabe cómo ha sido. Y lo estoy viendo, ahora, en estos momentos, en un parque de Alemania. Es una moda excéntrica. El hobby dogging me tiene hablando solo, aunque al contemplar, de lejos, a los practicantes de esta modalidad parece que están de broma. Podría interpretarse también como una performance, la estetización de la perrolatría vigente. No sé.
Se necesitan pocas cosas para practicar el hobby dogging en parques y jardines, en la plaza del pueblo, en las playas sin socorristas, en la calle Castillo, en un jardín japonés o en un prado sembrado de amapolas. Usted, en cualquier caso, solo necesita una correa con cierta rigidez y mucha imaginación. Todo consiste en pasear perros invisibles, que no comen, no muerden ni ladran de madrugada; tampoco levantan la pata en la esquina de siempre. Como pueden imaginarse, estos perros no son negocio para las clínicas veterinarias, donde se vende de todo y también curan a los animalitos. Estos perros invisibles son adiestrados con aparataje especializado, igual que los perros visibles. Un perro así te libera de la responsabilidad que supone tener a tu cargo a un ser sintiente, cuya inteligencia en algunos casos supera la de su tutor, según me comenta mi amigo Andrés el de El Ortigal.

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