puerto de la cruz

Aprendizaje sin muros en el Puerto de la Cruz

Nature School es una ludoteca de educación alternativa, un refugio de libertad y permacultura donde niños y niñas procedentes de distintos países aprenden al aire libre, entre árboles, casitas inventadas y otros elementos que ofrece la naturaleza
Aprendizaje sin muros en el Puerto de la Cruz

Después de vivir años en Estados Unidos y ejercer la docencia en una escuela ubicada en las montañas, la pandemia de Covid-19 hizo que Ainhoa Alejaldre Ripalda regresara a España con una visión clara sobre su profesión y su trabajo: el aprendizaje no debe estar encerrado entre cuatro paredes.


Los juegos espontáneos con su hija pequeña y otras niñas en la zona de La Montaña, en Los Realejos, fueron la semilla de un proyecto educativo más amplio a la que dio el nombre de Nature School, una ludoteca de educación alternativa donde niños y niñas de entre 3 y 6 años aprenden al aire libre, sin muros, entre árboles, casitas inventadas, y otros elementos que ofrece la naturaleza en la que ella es la directora pedagógica.


Tras permanecer tres años en La Montañeta, Nature School se trasladó al Puerto de la Cruz, en concreto, a la Finca Encuentro, ubicada en la zona de Las Dehesas, un espacio de permacultura ecológica que respira los mismos valores de la guadería.


Ainhoa la define como “una escuela bosque”, un modelo educativo que nació en la década del 50 del pasado siglo en Dinamarca y poco después en Suecia, y se extendió a otros países como el Reino Unido y Canadá, teniendo cada vez más aceptación como método educativo por los beneficios físicos y psicológicos que reportan además de enseñar a cuidar el medio ambiente.


En España están reconocidas como una enseñanza alternativa aunque reclaman su inclusión en el sistema educativo reglado dado que cada vez hay un mayor número de centros de este tipo porque hay más familias que reclaman otro tipo de educación para sus hijos. Según EfeVerde, en 2023 había 60 centros en todo el país.


Su filosofía es una compilación de muchas corrientes pedagógicas que revolucionaron la educación en el siglo pasado, como la de María Montessori, Waldorf, o Reggio Emilia, “pero no son una cosa ni la otra”, sobre todo porque las personas que trabajan allí también son profesionales como ella.


El equipo profesional está formado por otras dos profesoras y dos voluntarias que se dedican a un grupo mixto integrado por 16 niños y niñas de distintas edades procedentes de España, Grecia, Italia, Ucrania, República Checa, Alemania, y Australia.


Todos tienen diferentes nacionalidades pero comparten un mismo idioma, el de la curiosidad. El inglés es el puente que une sus juegos mientras descubren que el mundo es mucho más grande y, a la vez, más cercano de lo que imaginaban. Realizan a diario las actividades comunes a cualquier otra escuela solo que al aire libre, ya que la naturaleza es la parte más importante del currículo, enriqueciendo su visión del mundo sin la “rigidez educativa tradicional”, explorando y creando, explica Ainhoa.


“Algunos de los valores de este tipo de escuelas es que se aprende a disfrutar del tiempo libre, que el propio entorno sea algo lo suficientemente nutritivo para sus mentes y corazones para sentirse seguros, y que haya muy poca directividad para que sean capaces de explorar y crear, cualidades de la inteligencia más líquida que no se trabajan tanto en la escuela ordinaria porque no hay tiempo para que sean ellos mismos pese que hasta los seis años es un periodo fundamental para el desarrollo de las habilidades sociales”, sostiene.


En esta escuela, las actividades cotidianas se transforman. Las matemáticas no se aprenden utilizando pizarras o cuadernos sino contando palitos y hojas. Las manualidades, como los adornos que crearon para el árbol de Navidad, se realizan con pétalos de flores y elementos que encuentran en el entorno. Incluso el mobiliario y las instalaciones son parte del aprendizaje ya que el alumnado pintó las vallas del corral para sus conejos, entendiendo desde pequeños que tienen el poder de construir un mundo mejor.


Además, se practica yoga en un espacio lleno de cojines de colores, la siesta se hace bajo una gran carpa protegida por la sombra de los árboles, la biblioteca se mueve según el clima, y se disfruta de un menú vegetariano y orgánico, cultivado en armonía con la tierra. Todo ello en un contexto seguro donde juegan como si fueran “una pandilla”.


La filosofía de las ‘escuelas bosque’ es que “no hay mal tiempo sino mala elección de ropa”, y por lo tanto, no hay impedimento para disfrutar de la lluvia. “Después de tres años de experiencia, los niños casi no se enferman, es una diferencia muy notable con otras guarderías”, subraya la directora.