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Aquel tren

Subí en Cádiz a un tren correo, que tenía que llevarme a Gijón. No me acuerdo cuántas horas de viaje, vestido con el uniforme de la OJE (Organización Juvenil Española). Tenía 16 años, luego aquel viaje se produjo en 1963. El tren renqueaba, lleno de soldados, bajo la vigilancia de la inevitable pareja de la Guardia Civil, con sus naranjeros, sus capas y sus bigotes. Una joven despachaba a los soldados en uno de los baños, a cinco pesetas la visita. Aquella jovencísima mujer me causó pena y ternura. Estuve reflexionando sobre esa estampa de la España negra durante mucho tiempo. En las estaciones hacían su trabajo los aguadores, hombres y mujeres con porrones de agua fresca, a una perra gorda el trago. La carbonilla del tren me manchaba el uniforme, después de haber viajado de Tenerife a Cádiz en el Ciudad de Sevilla, un viejo barco de Trasmediterránea. Todo era agotador, pero yo tenía, repito, 16 años. Cuando llegué al imponente edificio de la Universidad Laboral de Gijón me eché en la cama asignada y estuve durmiendo 24 horas, las mismas durante las que no había pegado ojo en el tren. He contado esta aventura alguna vez. Comprendí lo que era la España de la postguerra, lamenté la pobreza y la visión de aquellos niños de ojos tristes, pegaditos a sus madres en los compartimentos de madera de los vagones de tercera. Había allí un olor húmedo, como a agua reutilizada. La gente vestía y calzaba pobremente. Jamás volví a subirme a un tren correo, la experiencia me traumatizó. Yo quería pisar España, la España que luego cambió tanto y cuya Transición fue la envidia del mundo. En la Universidad Laboral me entró morriña de Canarias, pero acabé por acostumbrarme a la otra España que no conocía. Un jesuita, capellán de aquel campamento, me convenció: “En tu casa no aprenderás nunca a hacerte un hombre”. Tenía razón.

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