cultura

Gema López recorre un paisaje emocional en la Sala de Arte Contemporáneo

‘Horizontes’, donde la creadora gallega propone una geografía simbólica como proyección del mundo interior, se va a poder contemplar hasta el 5 de abril en Santa Cruz de Tenerife
La artista gallega Gema López. / DA

El paisaje no es neutro, está cargado de memoria, experiencias y emociones que impregnan al observador. Desde esa premisa se articula la investigación de Gema López en la muestra Horizontes, que se puede disfrutar hasta el 5 de abril en la Sala de Arte Contemporáneo (SAC) de Santa Cruz de Tenerife. En ella, la artista invita al público a recorrer una serie de paisajes que, más que representar el mundo, funcionan como mapas de su propio estado interior.

López construye horizontes que no pertenecen ni al mundo físico ni al mental, sino a uno intermedio: el de la emoción. El mar y el cielo dejan de ser escenarios naturales para convertirse en superficies sensibles, con tensión psicológica, apertura, incertidumbre o calma. Un recorrido pictórico que surge a partir de la estancia de la artista gallega en Las Palmas de Gran Canaria, donde el horizonte marítimo irrumpió con fuerza en su pintura.

En la exposición, el autorretrato psicológico se va desplazando progresivamente hacia lo que puede definirse como paisaje emocional: una geografía simbólica donde el horizonte, el cielo y el color funcionan como proyección del mundo interior.

En obras como Noche y agua o En busca del horizonte, la figura de la artista se integra o se disuelve progresivamente en el paisaje. El cuerpo, primero presente, comienza a desaparecer para dejar paso a cielos, nubes y gradaciones cromáticas que actúan como estados del ánimo. El horizonte, tradicionalmente asociado a lo alcanzable o a lo posible, se transforma en un símbolo de búsqueda interior.

EXPERIENCIA

Esta transición culmina en series recientes como El cielo es un estado mental y Campos de color, en las que la pintura abandona casi por completo la figuración. El paisaje se vuelve inmaterial y el color asume un papel central como portador de vibraciones emocionales. Ya no se trata de representar un lugar, sino de habitar una experiencia interna: espacios mentales abiertos, amplios, cambiantes, que remiten a la idea de proceso más que a un estado definitivo.

La obra de Gema López dialoga con la noción de que el paisaje es un autorretrato desplazado: una forma de hacer visible lo invisible, de proyectar hacia el exterior los pliegues íntimos de la identidad. Como plantea Gaston Bachelard (La poética del espacio), la frontera entre lo de dentro y lo de fuera no es fija. En esa tensión se sitúa una pintura que no describe el mundo, sino que lo siente, lo atraviesa y lo convierte en clima emocional.