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¿Por qué no hablo de Venezuela?

Algunos lectores me preguntan que por qué no hablo de Venezuela, conocedores como son de mi pasión, mi interés y mi cariño por este país. Un músico y escritor, Manuel Feria, me acaba de enviar, dedicado, un interesantísimo libro de aforismos. Uno de ellos dice: “La sabiduría aprende tomando distancia de las cosas”. He tomado distancia de la nueva realidad de Venezuela, si es que existe, porque no la entiendo. Supongo que, cortada la cabeza del dragón (Maduro), su poder desaparece. Pero es que no conozco el tamaño real del bicho, ni tampoco lo que bulle en la cabeza de un tipo como Trump. Así que no voy a opinar del futuro que le espera a Venezuela –desde luego será mejor que el presente, porque hoy allí no se respetan los derechos humanos–, sencillamente porque no tengo ni idea. En el mismo libro de Manuel Feria se puede leer: “Escribir no es mucho más que confesar una desazón”. Yo reconozco que me siento confuso y más interesado en Venezuela que nunca, pero no tengo ganas de escribir sobre lo que ignoro. He cruzado el Atlántico más de cien veces, cincuenta de ellas, al menos, con destino al país donde nació Bolívar. Vuelvo a acudir a Manuel Feria para reconocer que ser imparcial es, hoy en día, casi suicida. Yo no puedo ser imparcial en este trance, ni en ninguno, y menos en el de ahora, porque mis pensamientos no coinciden con casi ninguna de las ideas que he visto expuestas desde la “extracción” de Maduro. Operación que, por cierto, anuncié desde hace meses, porque no hace falta ser adivino para pronosticar lo obvio. Habrá más, pero yo permaneceré en silencio, mientras unos y otros no se aclaren sobre el futuro de un país que se merece toda la suerte del mundo. ¡Le debemos tanto los canarios!

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