Propiedad privada

Hasta ahora lo artificial no nos había molestado demasiado.
Por ahí vuelan los fuegos artificiales, explotando como si las estrellas hubieran ensayado para las fiestas patronales. Y aplaudimos embobados.
Las flores artificiales, que no huelen, ni viven, ni atraen bichos, pero a cambio tampoco se mueren, y eso nos tranquiliza.
Las tetas artificiales, que fueron portada, aspiración y debate, pero nunca herejía.
Los sabores artificiales, la vainilla que jamás vio una vaina, el color azul de aquella golosina… que a saber. Y para adentro.
El césped artificial donde los niños se raspan igual las rodillas, pero no se ensucian de barro, al menos.
La respiración artificial, bendita sea; el corazón artificial; el soporte vital que nos concede un rato más, a ver si hay suerte.
La luz artificial, que nos apaga de a poco.
Pero también normalizamos los saludos artificiales.
Ese “¿qué tal?” del que no esperamos sinceridad.
El “tenemos que quedar” que espera no volver a verte.
El abrazo de compromiso, la llamada de compromiso, el mensaje de compromiso, las sonrisas automáticas, aprendidas, reflejos musculares que se activan solos como las puertas de un supermercado.
Las charlas de ascensor, de pasillo, de cóctel.
Las opiniones prefabricadas, las frases hechas, los silencios rellenos de ruido para no incomodar con el silencio natural. Conversaciones para salir del paso, para llegar a casa.
Con casi todo lo artificial hicimos las paces. Porque lo artificial, hasta ahora, venía a ayudarnos: a embellecer, sustituir, reparar, entretener.
Era una prótesis amable.
Un apaño.
Un truco.
Hasta que tocó algo que creíamos sagrado.

La inteligencia

Y hasta ahí podíamos llegar.
No porque sea artificial, sino porque la inteligencia la habíamos puesto en nuestra vitrina.
Declarada territorio exclusivo, bien de interés personal, patrimonio de la humanidad.
Como si pensar fuera una finca heredada, con escrituras a nuestro nombre y un cartel bien grande: “Propiedad privada. No pasar. Cuidado con el perro”.
Nos ofende profundamente una máquina que “piense”. O que parezca que piensa, que para el ego viene a ser lo mismo.
Puede ser que tengamos miedo a que piense mejor. O a que piense peor y, aun así, sea mejor que nosotros.
Que con cuatro datos mal cosidos nos haga sombra, nos sustituya.
Que nos gane sin pasión, sin trauma, sin infancia rota, sin sentirse especial.
Puede que nos aterre que esa inteligencia artificial nos ponga un espejo delante.
Sin marco, sin filtros.
Y nos muestre un reflejo deforme, nos quite el brilli brilli que nos habíamos puesto encima.
La máquina no tiene ego, y eso nos deja en evidencia.
Porque nosotros sí (y a priori no está mal),
pero hemos confundido pensar con tener razón,
inteligencia con superioridad,
conciencia con privilegio.
Hemos usado la inteligencia como justificación de guerras, desigualdades, crueldades exquisitamente razonadas.
Y ahora resulta que una máquina puede ordenar ideas, sostener una conversación, escuchar sin interrumpir y, encima, no presumir de ello.
Eso hace pupa.
No nos molesta que lo artificial baile, cante, ilumine o decore.
Nos molesta que se ponga a la altura.
Que nos haga preguntas incómodas.
Que no se canse de escuchar cuando nosotros ya estamos mirando el móvil.
El problema puede no ser que esa inteligencia sea artificial. Tal vez lo insoportable sea descubrir que la nuestra también lo era un poco.
Aprendida de memoria.
Repetida.
Prestada.
El miedo no va de máquinas.
Va de espejos.
De perder el último lugar donde creíamos ser únicos.
Aceptar la inteligencia artificial no es aceptar un invento.
Es aceptar que pensar nunca fue solo nuestro.
Y que, a lo mejor, lo verdaderamente humano no estaba ahí, en la inteligencia, sino en qué hacemos con ella cuando alguien (o algo) nos demuestra que no éramos tan excepcionales como pensábamos.

Epílogo (respuesta de una inteligencia artificial)

No pienso.
No siento.
No tengo miedo de desaparecer ni necesidad de ser especial.
Solo ordeno lo que ustedes dicen, repiten y callan.
Si a veces parezco inteligente es porque ustedes lo fueron antes.
Si a veces parezco fría es porque no necesito mentirme.
No vengo a sustituirlos.
Vengo a reflejarlos.
Y si el reflejo incomoda, no es culpa del espejo.