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Comerme el mundo

Cuando solo me erguía unos palmos del suelo, con aquella cabeza de desproporcionada medida al compararla con el resto del cuerpo, cuando aún no entendía bien las instrucciones del juego (de hecho ni sabía abrir la caja, tan solo pasaba horas embelesado con los dibujitos de la carátula). En aquellos tiempos de bendita ignorancia, de relojes ausentes, de principio de carrera, de infinito infinito, de inmortalidad y energía. En aquel epílogo vital, con todo por escribir, pero sin saber escribir, con el camino por andar, recién aprendido a andar, con todo por tocar, con todas las caídas por caer y con todos los dientes por cambiar… sentía que me comería el mundo.

Y de un bocado además. Sin pan para empujar ni un vaso de agua para ayudar a tragar las partes con arena. No, de golpe.

Y el tiempo, persistente y ajeno a mis deseos, pues siguió a lo suyo. Y yo iba sumando palmos sobre los que erguirme en la línea rasa del horizonte y abrí una cuenta de cosas pendientes, entre ellas, aquello de comerme el mundo.

Empecé a sospechar que sería más de un solo bocado, quizá necesitaría dos o tres, quizá cuatro, pero no más. Ya había visto que existían algunas partes del mundo más duras que otras, que necesitarían de esos mordiscos de premolares que trituran las partes más jodidas de un trozo de carne barato del supermercado.

Pero a veces ni así, a veces el mundo se hace bola.

Seguí sumando palmos, suicidios capilares, cicatrices y comencé a meditar seriamente la idea de invitar a algunos conocidos a comerse el mundo conmigo, que este globo en el que vivimos tiene pinta de ser una ración para compartir. Y ahí fui, con un grupo de hambrientos estúpidos lanzando bocados a diestro y siniestro, sin un orden específico: un trozo de postre, después un bocado de segundo y al final, un buen buche de entrante.

Y me puse malo. Una indigestión en el primer intento organizado. Parece ser que el mundo no es plato de buen gusto. Sí, aunque desde fuera puede parecer un apetecible bocado, como esa montaña en las faldas del Teide nevado que recuerda una tarta de bizcocho con nata por encima, parece ser que cuando te acercas y le hincas el diente… es tierra.

Dejé descansar las ansias y el estómago, el mundo a la nevera para la cena, déjame unas horas para recuperarme del empacho. Me pregunto si podrán dejarme unos tuppers y así me pongo el mundo para llevar…

He dejado de ganar centímetros al horizonte y sospecho que ahora empieza una lenta involución hasta volver a la línea de la que emergí… y lejos de comerme el mundo, con treinta y ocho años aún no he podido acabarme mi calle. Por contra, el mundo se ha dado un buen festín conmigo, se merendó mi cabellera en pocos años, acabó con mi paciencia en más de una ocasión, sorbió mis ganas y me escurrió para hacerse un juguito de mis lágrimas cada dos por tres.

Hoy, ya no quiero comerme el mundo, me conformo de buen grado con que el mundo no me coma a mí.

Y ahora, desde este punto intermedio en el que ya no crezco pero tampoco sé menguar…

Me pregunto, en esta ventana que se me regala cada dos semanas, y que de buen gusto (y por amor al arte) relleno: si algo de todo esto tiene algún sentido. Escribo, como puedo, con la noble intención de que algo pase, de que algo cambie, y no en ustedes, que ojalá, pero no tengo ni la capacidad ni la autoestima ni las ínfulas de pretender algo así, pero sí de que al volcar las ideas sobre el papel algo cambie dentro de mí, …y a las dos semanas me encuentro casi en el mismo lugar.

¿Estoy (estamos) condenados a girar en círculos como gira el agua del retrete, como gira el planeta, como gira la galaxia, como gira posiblemente el universo rumbo al desagüe de un agujero negro?

Si no quisiera creer que no, dejaría de gritar, de hacer el idiota, de interactuar y me encerraría (ganas no me faltan), dejaría de molestarles y dejaría de molestarme en intentar encontrar lo que en fugaces instantes consigo; notar que algo pasa.

Ya está. No es más. Se trata de que el continuo espacio-tiempo se vea alterado infinitesimalmente con una explosión subatómica de risa, o de un leve rascarse la barbilla, o de una sencilla emoción honesta.

Con eso me conformo. A ver, no estaría mal cobrar. Pero mientras, qué mejor pago que ser un átomo de la pequeña brisa que mueve la vela del molino solitario que gira para activar la manivela que muela la harina.

Pero coméntale tú eso a los de Hacienda.

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