No hay cosa más linda que alguien te regale un “chiquito máquina”. Qué expresión tan bonita. Porque eso quiere decir que algo estás haciendo bien. Ya sea arreglar una lavadora con un chicle y un imperdible, meter un gol de chilena, que el pulpo te quedó tierno o que te la mandaste con un chistito al toque.
Y es que en Canarias admiramos mucho la habilidad.
De hecho si la película Transformers se hubiera hecho en Canarias, sí, aquella de los coches y camiones que se transformaban en enormes robots luchadores, aquí se podría haber llamado Chiquitos Máquinas, y en vez de un camión o un descapotable, serían el tranvía, un Binter y la 014.
Perdón.
A lo que iba.
Que curiosamente subrayamos la habilidad sin problema, pero nunca decimos “qué buena persona”. Eso, nos cuesta más. Y si lo decimos, es en voz bajita, como si estuviéramos confesando algo raro.
Hace más años de los que quiero admitir, en las épocas de Facebook como red social dominante, escribí una suerte de texto y en algún punto, deslicé la idea de que yo creía ser buena persona. No “perfecta” ni “ejemplar”. Buena persona. Y alguien respondió textualmente que “no se fiaba de nadie que dijera eso de sí mismo”.
Se me quedó grabada aquella sensación, como si me hubieran pillado presumiendo de algo obsceno. Como si la bondad -con sus matices y sus miserias- fuera un pezón que hay que censurar, se tiene pero no se muestra.
Porque uno puede decir con la boca llena que es trabajador, creativo, constante o incluso “mala persona”, que despierta cierta simpatía cinematográfica. Pero decir “creo que soy buena gente”, como que nos suena arrogante. Como si la bondad tuviera que practicarse clandestinamente, como si admitirla la pusiera rumbrienta.
Y qué difícil es intentar seguir siendo buena gente. Qué jodido es no devolver exactamente el daño recibido.
Si pides consejo por ahí, a esas gentes fuertes y seguras, te dirán que “no llames tanto”, que “no te entregues demasiado”, “no seas ingenuo”, “no seas bobo”, “no perdones”, “no seas blando”,…”no confíes”.
El otro día, en terapia, me hicieron uno de esos ejercicios que al principio dan vergüenza y después dan miedo. Hablarle a mi niño interior. Decirle cosas buenas. Como si yo fuera su padre.
Me costó muchísimo.
Decirle que era creativo fue fácil. Decirle que era trabajador también. Incluso decirle que tenía cierto talento.
Pero hubo una frase que se me quedó atravesada en la nuez: “Eres buena persona”.
Tardé muchísimo en poder decirla. Porque parece que si uno acepta eso ya automáticamente deja de serlo.
Y pensé en toda esa gente que conozco. La verdaderamente buena. La que cambia el mundo a gestitos.
Que ayuda sin ruido y sin grabarse, que devuelve el carrito del supermercado, la que intenta no hacer daño aunque pueda, la que pide perdón (y cambia), la que todavía siente culpa, la que aún se emociona viendo a alguien llorar solo en un aeropuerto.
Gente que ha sido traicionada.
Engañada.
Utilizada.
Mentida.
Y que, aun así, no ha querido convertirse en eso. Que ha aprendido a saber querer.
Eso sí que es ser una máquina.
No el más fuerte. No el más listo. No el que gana.
El que es buena gente y se lo ha currado para no dejar de serlo.






