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Turismo interior (todo incluido)

Turismo interior (todo incluido)

Hay gente que cruza medio mundo para encontrarse… y vuelve sin haberse visto.

Se hacen fotos en sitios preciosos, pero no miran. Consumen paisajes como quien hace scroll en el móvil. Llegan, tachan, se van. Coleccionan lugares como quien acumula imanes en una nevera que ya no enfría y hace el ruido de casa de tu abuela. Un ruido sordo que te impide pensar.

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Y pensé: nosotros hacemos algo parecido sin salir de casa.

Las islas están llenas. Es un hecho. Un problema real, complejo, con consecuencias visibles y soluciones nada sencillas. No hace falta adornarlo ni relativizarlo. Está ahí. Se vive. Se sufre.

Pero dentro, también hay masificación. Opiniones entrando sin control, emociones que no se procesan, ruido constante.

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No dejamos hueco. Ni para el silencio ni para la duda. Consumimos ideas como quien enlaza vídeos: uno detrás de otro, sin digerir. Y luego opinamos. Con seguridad, además. Una seguridad curiosa, porque cuanto menos sabemos, más alto hablamos.

“Tener razón” se ha convertido en un destino de larga temporada. Llegas, con tus colegas, como en semana santa, ocho para un alquiler de cuatro, te instalas y ya no te mueves. No hace falta volver sobre nada, ni revisar, ni ajustar. Una compra mal hecha y ya miramos si eso. Solo mantener la posición, defenderla, convertirla en identidad. Y desde ahí, todo lo demás empieza a parecer error ajeno.

Pero existe otro tipo de escapadas, menos vendidas. Turismo de interior. Sin vuelos, sin equipaje, sin stories.
“Conózcase a sí mismo. Apartamento en reformas. Vistas tapiadas al pasado. Zona de escombros emocionales. Se ruega paciencia con los ruidos.”
No es especialmente atractivo en el catálogo. No hay piscina, ni buffet, pero estás todo incluido. Hay obra. Hay grietas. Hay habitaciones que llevan años cerradas y un espejo que no siempre favorece. Comprar ese billete es ir al foco del:

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El viaje incómodo empieza ahí. Con preguntas que no apetecen. ¿Por qué esto me molesta tanto? ¿Qué parte de lo que critico también vive en mí? ¿Desde dónde estoy hablando? ¿Estoy reaccionando o entendiendo? Ese tipo de turismo no se comparte en redes. No queda bien en las fotos. Da trabajo.

Mientras fuera discutimos —con razón— sobre límites, modelos y futuro, dentro rara vez ponemos alguno. Todo entra: la indignación, la comparación, la prisa por opinar, la necesidad de posicionarse incluso cuando no entendemos del todo. Y así, evitamos el ruido interior añadiendo grito exterior.

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En ese contexto, la amabilidad (para con uno mismo y los demás) parece un gesto menor. Incluso ingenuo. Como si entender al otro fuera ceder, como si cambiar de opinión fuera un fallarse. Como si bajar el tono fuera perder. Pero no. Ser amable con quien piensa distinto exige más esfuerzo que atacarlo. Implica frenar, escuchar, sostener la incomodidad sin disparar. Es una forma de ir al foco del ruido, observarlo, analizarlo e intentar arreglarlo o vivir con el sin ignorarlo.

No arregla lo de fuera. No sustituye decisiones, políticas ni soluciones necesarias. Pero sí cambia desde dónde miramos. Y eso, aunque parezca poco, modifica la manera en que estamos en el mundo.

Hay viajes que acumulan fotos y otros que dejan huella. En lo exterior y en lo interior pasa igual. Lo segundo cansa más, pero ordena.

Porque una cosa no quita la otra. Se puede cuidar el territorio que habitamos… y también el que somos.

Así que planifique hoy una escapada hacia adentro, una escapada sin escapatoria. Unas vacaciones incómodas de turismo interior donde le garantizamos que si que se encontrará, si que volverá cambiado, no le queda otra.

Fuera está todo lleno, por dentro aún hay hueco.

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