decalcomanÍa 306

Sobre el malrollismo

“Mon Dieu! ¿Quién la tiene más grande? Emmanuel Macron no se arredra y salta a la arena del circo con unas gafas de aviador”
Ilustración: María Luisa Hodgson

La promo de la temporada 2025-2026 del programa Más de Uno de Carlos Alsina en Onda Cero, que emiten estos días las cadenas televisivas de Atresmedia, no tiene desperdicio: “Si una persona dice que llueve y otra que no, el trabajo del periodista no es darle voz a las dos, sino salir y comprobar que llueve”. La breve lección magistral del colega pone en solfa al pernicioso periodismo de declaraciones, habitual de un tiempo a esta parte. Como escribí hace unas semanas, la cosa pinta muy malamente para la profesión, tanto que la confianza actual en los medios de comunicación se sitúa en un 5,4 sobre diez. 

Gracias al profesor Humberto Hernández descubrí el adjetivo querulante, aquel que se asocia a quienes con asiduidad muestran una actitud desafiante, hostil y beligerante. La asunción del nuevo palabro se enmarcó, seguro, en una de nuestras conversaciones sobre el estado de la actualidad. En este caso, sobre el malrollismo instalado en la tolerante y wokista sociedad abonada a la cultura de la cancelación. Funesta contradicción. 

La espectacularización de la noticia se arrastra placentera en el fango de la confrontación, en la exposición de posturas encontradas. Salvo contadas excepciones, la máxima de contrastar ha llevado al extremo de solo buscar las dos versiones de turno sin preocuparse por la verdad. Además, inquieta que la negligencia se esté enquistado en las redacciones. Languidece la exigencia ética que debe regular el ejercicio profesional. 

El periodismo que se limita a recoger testimonios no es más que otra exhibición de la información basura que campa a sus anchas. Mostrar las divergencias de Juana y la hermana no aporta luz, sino posicionamientos contrarios, abono excelente para la viralidad en redes sociales. Más leña al fuego.

El sexo, las drogas y el rocanrol ya no son los únicos reclamos adocenados. Promover la disputa, el insulto o la injuria a dos bandas excita, de igual forma, al ganado ávido de glutamato monosódico. Pero los medios no tienen la exclusiva. La mala leche del ser humano, cada vez más embrutecido, también se manifiesta en parlamentos y demás bancadas ejecutivas, juntas, consejos, graderíos, mesas de comedor y vehículos de combustión y eléctricos. Y, claro, en muros digitales. Un ejemplo particularmente ácido es el que protagoniza el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, alias Hooligan tuitero, ahora más comedido y conciliador (flor de un día) después de los accidentes de trenes en Adamuz y Barcelona. 

Donald Trump es otro abonado a la combatividad. Su última provocación ha sido publicar en su red social, Truth Social, dos imágenes creadas con inteligencia artificial en donde sitúa la bandera de las barras y estrellas encima de Canadá y Groenlandia. La chulería del presidente estadounidense contraviene cualquier formalidad diplomática, nada que a estas alturas del wéstern no sepamos. 

Mon Dieu! ¿Quién la tiene más grande? Emmanuel Macron no se arredra y salta a la arena del circo con unas gafas de aviador en el Foro de Davos (oportuna rotura de un vaso sanguíneo). El gallo francés denuncia agresividad neocolonial, aparca la fraternidad y sin medias tintas exige no ceder al vasallaje del vaquero que se desentiende de las reglas internacionales. 

Abocada la humanidad a sobrevivir en la selva que habita, a que la alopecia gobierne melenas domésticas y a que flaquee el viento del Este que trae Mary Poppins, queda la canción última detrás de la ventana de Miguel Hernández: “Florecerán los besos / sobre las almohadas”. Tender la cama, lavar los platos sucios, apretar nudos de abrazos y no apoyarse resignado en el poyo de la cocina, confirma, pese a todo, que a la adultez no le ha llegado su hora. 

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