Seguimos el acontecer del mundo a tiempo real, un ojo de pez gigantesco nos tiene sometidos, alienados bajo su mirada. La mirada es invasiva y vertical. Nos molesta y nos miente. La información se dosifica, se controla, se da en pequeñas dosis o a borbotones, según convenga. Asistimos boquiabiertos a un Show de Truman a lo grande, en dimensiones inimaginables. El filme, dirigido por Peter Weir y protagonizado por Jim Carrey, se adelanta en el tiempo y retrata al presente. Nos sentimos en una bola de cristal, que tan solo con agitarla, parece nublarse de pesadillas. El planeta ya es un plató que se desborda en el límite de los océanos, que traspasa lo imaginado hasta ahora; asistimos a un espectáculo en cascada con actores desnortados, que se mueven en escenarios movedizos, con guiones imprevisibles. En el vértice superior, en la cúspide de esta pirámide informativa, se levanta Donald Trump, el rey del marketing, el dueño de su propia campaña. El hombre de moña tiesa almidonada, cuando quiere, asusta o ataca. Asusta y aprieta, actúa con la vieja regla del negociante hasta conseguir lo que quiere al mejor precio, aunque sea una medalla que, con el tiempo y una caña, la veamos entre los objetos decadentes de un anticuario.
Y, en medio de este panorama, parece sonar El cuarteto para el fin de los tiempos de Olivier Messiaen, una obra que nació en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial, y que no debe sonar a desánimo hoy, sino como el preludio de una época de entendimiento. Porque Messiaen se inspiraba en las melodías que salen de la siringe de los pájaros, que bebía en las fuentes inspiradoras de las aves cantoras como amante de la naturaleza que era. Y, de esa manera, construyó con su talento artístico una esperanza que se alarga hasta nuestros días, que nos anima a no tener miedo de estar en pleno Show de Truman. Menos mal que el Carnaval está al caer, y será el tiempo para exorcizar la mala vibra, para espantar el frío de las mantas y usar la risa como arma pacífica.

