La entrega por María Corina Machado de la medalla del Nobel de la Paz, que le fue concedido a ella, a Donald Trump, es, cuanto menos, una machangada. No conlleva efectos legales, porque el premio es de ella, y lo será para siempre, pero el mastodonte lo lucía como un trofeo logrado por él mismo en las fotos oficiales desde la Casa Blanca. ¿Cómo puede, siquiera, sostener el cuadro con el diploma y la medalla un anormal que ha sugerido asaltar Groenlandia por la fuerza y que ha limitado espuriamente los derechos de los ciudadanos extranjeros en su país? Un tipo al que no se le pone nada por delante y cuya moralidad está cuestionada en algunos procesos judiciales de los que ha salido indemne porque es el presidente de los Estados Unidos. María Corina, por mucho que quiera a Venezuela, no debió hacer ese feo al Comité Noruego del Nobel, compuesto por cinco miembros elegidos por el Parlamento de Noruega, que le concedió el premio, por cierto muy merecido por esta mujer coraje. Repito que esta acción es simbólica y no lleva consigo ningún efecto práctico porque la premio Nobel es ella y no el gigantón norteamericano, que ha hecho muy bien en extraer al asesino Maduro, para juzgarlo en los Estados Unidos, pero que, por las trazas que lleva el asunto, está conduciendo de manera un tanto extraña la transición democrática del país, tan amado por todos los canarios. La humillación a la líder de la oposición venezolana se resume en hacerla entrar en la Casa Blanca por la puerta de atrás y en no reconocerla como merecía en los primeros días tras la caída de Maduro. No debió aceptar María Corina estas mañas de Trump, que le han hecho mucho daño a la opositora en su consideración internacional. Sería malo que perdiera su crédito.
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