El edadismo tiene muchos rostros, máscaras de horripilante expresión que muestran el rechazo, la discriminación por motivos de edad. En realidad es una gerontofobia disfrazada de análisis económicos y políticos, aparentemente objetivos. Lo mismo pasa con la aporofobia o rechazo a los pobres. Algunos diletantes, tenidos por estudiosos, proyectan su invisible capacidad de investigación en trabajos endebles de la realidad social. El edadismo afecta a jóvenes y mayores, no nos olvidemos de ello. A los jóvenes porque se les resta méritos y se les atribuyen ciertas incapacidades por su falta de experiencia; a los mayores como si fueran la escoria social, el origen de todos los males que en el mundo han sido. Los boomers, blanco de algunos desquiciados, fueron a colegios públicos en su mayoría. No se quedaban contemplando la caída de la hoja en un sofá, haciendo scroll en una pantalla ni se gastaban la pasta en viajes a países lejanos. Los boomers ahorraban a duras penas. Vivieron el último tramo de la dictadura franquista, y asistieron a una transición política modélica, sin armas y sin crispación. En esa época lejana habitada por el Tyrannosaurus rex, el que se esforzaba podía aspirar, incluso, a tener una beca como compensación a las calificaciones obtenidas en los cursos superados.
Estas ayudas venían de los ministerios, porque las consejerías de educación no existían, ni se nos pasaba por la cabeza que pudieran materializarse con el tiempo. Muchos boomers se levantaban a las cinco y media de la mañana para esperar la guagua, que los llevaría al centro donde estudiaban hasta que el sol se ponía. Nada era posible sin esfuerzo. Tampoco nosotros, en esos momentos, veíamos mérito en eso. Estudiar era lo que tocaba. Toda esa actividad la asumíamos como nada, desde la rutina normal de un periodo vital en el que había que formarse. Y esta formación no se quedaba en las aulas. Nos daban nociones de urbanidad, de respeto al otro, fuera joven, mayor o medio pensionista. Asistíamos los sábados, sí los sábados, a seminarios de literatura canaria, por ejemplo, impartidos por Ángel Sánchez, Premio Canarias de Literatura, sin saber que las generaciones X, Z y la milenial, décadas más tarde, iban a sentirse ofendidas.


