De vez en cuando, visito a unos amigos que viven casi al borde de lo que sucede en nuestro día a día. Pasan olímpicamente del pulso de la actualidad. Están tan alejados de las noticas, que permanecen ausentes del patio de vecindad al que estamos asistiendo, de los dimes y diretes de la política internacional. No tienen internet ni televisión. En esta franja, tengo tres amigos que cuido como oro en paño. Son leales. Se mantienen en buena forma y presentan un magnífico aspecto. En concreto, mi amigo Liborio (prefiere que mantenga su nombre real en el anonimato) apenas tendría tiempo, si lo intentara, para escuchar la radio o para ver un telediario en condiciones. Tampoco tiene móvil. Siempre me dice, me lo dijo esta semana, que el día le da para lo que le da.
Se levanta a las cuatro y media de la mañana y se acuesta a las diez de la noche. Los táperes con la comida de cada día de la semana, los va a buscar a un bar del pueblo. Tiene un gallo que le recuerda que tiene que ponerse en pie en la oscuridad de la madrugada. Posee dos ovejas, veinte gallinas, un perro sato, un gato gandul, un gallo y media docena de cabras que ordeña a primera hora. Estos bichos, siempre me lo recuerda, son el motor de su vida. Yo me crié con esto y con esto me muero, afirma. Vive de su modesta paga de jubilado y los animales son su entretenimiento.
Liborio representa para mí la esperanza, una manida palabra que apenas se sostiene hoy, pero que en la mente de nuestro amigo tiene la fuerza de un buey. Porque su esperanza no es la nuestra, que decae en cada informativo. Tal vez Liborio el de Vallebrón sea un vivo ejemplo de El Principio Esperanza de Ernst Bloch, el filósofo
alemán que estudió y puso argumentos a esa tendencia humana de mirar hacia el horizonte utópico de los sueños. Bloch decía que es imposible que el hombre termine como el ganado. Liborio, por su parte, siempre espera un amanecer esperanzador. Le ilusiona ver la blandura en las montañas, las gallinas picoteándole los zapatos, y las cabras esperando la hora del ordeño. Con la leche hace quesos, los vende, y así va tirando. Los deja curarse en una especie de cañizo, allí los afina, en una tabla larga que tiene en el cuarto donde guarda la comida de los animales, y donde tiene una radio llena de telarañas, gracias a ella se enteró, seis meses más tarde, de lo de Rusia y Ucrania, según me dijo.
