La Islápolis de Benito Cabrera es un claro signo de madurez creativa. El músico se adentra en la utopía como si fuera Tommaso Campanella en la Ciudad del Sol, el filósofo que se esforzaba por encontrar el método perfecto para no morir; y avanza mientras dibuja la isla ideal en el horizonte de sus intuiciones de artista. La actitud ante el camellito sonoro, ante el sonido atiplado del timple, denota que estamos ante un creador incansable, que ve cada proyecto como un nuevo arranque, el preámbulo de algo grande, los primeros pasos asombrados de alguien que empieza. El timple es una excusa para Benito, la centralidad de su nuevo trabajo, Islápolis, un disco-libro que le permite navegar por una circularidad temporal donde el trabajo no es un continuo, la herencia de un esfuerzo del pasado, es un punto de inicio sinfín que comparte con otros músicos, sean o no de su cuerda.
La perpetua vocación viajera de Benito Cabrera le sirve de contraste, porque el movimiento es alegría, porque le interesa la mirada desde fuera, el regreso constante que espanta el ombliguismo isleño, y abre su obra al mundo. Él no es ejemplo de la soñarrera unamuniana, es una persona de acción, que contagia entusiasmo y no para de trabajar. Por eso sueña con el apogeo de la polis griega, un tiempo idílico, antes de que el rey Filipo II de Macedonia acabara con todo en Queronea ante los ejércitos de Atenas y Tebas, igual que la acción de su hijo Alejandro Magno, que tuvo como mentor al mismísimo Aristóteles. Y al pensamiento aristotélico apela Benito, y nos propone una vuelta poética desde la música hacia los comienzos, a una génesis donde cada isla sea una polis, un territorio con el sereno clima de la convivencia y la utópica búsqueda de un mundo posible. Nos propone horizontes móviles que se desplacen en cada actuación, en los escenarios que le quedan por pisar. Islápolis es un concepto original de Benito Cabrera, la isla Utopía de Tomás Moro, un gesto de rebeldía ante el presente y la apuesta por un futuro numinoso.
