Me arriesgué a ver por la tele la gala de elección de la reina del carnaval. Soy sincero si les digo que lo mejor del espectáculo fue la simpatía y el buen hacer de una intérprete de signos (una chica rubia, lamento no conocer su nombre) que contrató la tele autonómica para transmitir el acto y que tenía más ritmo y más gracia que todos los que estaban sobre el escenario. Enhorabuena. Le voy a pedir una entrevista, de esas mías de los lunes que todo el mundo lee, porque derrochó profesionalidad, encanto, ritmo y conocimiento de los temas musicales utilizados en el espectáculo. También me llamó la atención el pedo de Manny Manuel, más quemado que la pipa de un indio de las praderas. Pero, sobre todo, me impactó el traje verde/enfermo de un tal Caraballero, concejal de la cosa, al que le voy a pedir que me recomiende a su sastre, pero para no pisar ni siquiera la acera donde tiene abierta la sastrería, a no ser que se trate de un prêt à porter, lo cual provocaría que yo no visitara jamás el taller de procedencia. ¿Pero quién te confeccionó ese traje, muchacho? Era como un disfraz de loro, pero de loro encorbatado y de plumaje pálido, que contrastaba con la serena elegancia de Bermúdez, ya curtido en estos avatares carnavaleros. Por cierto, la reina del año pasado no aplaudía para no despeinarse. Estaba más tiesa que un garrote, como si el cetro que debía entregar a su sucesora fuera el rabo almidonado de un selvático animal. Se salvó de la gala sólo el ritmo, porque hasta Los 4, que son 5, unos cubanos atrevidos, no atinaban con el playback y parecían aquellas viejas marionetas de Herta Frankel de la tele en blanco y negro. Eso sí, los trajes todos muy bonitos. Por cierto, ¿el jurado lo eligió el loro/concejal?
