En la tarde del miércoles 4 de marzo, cuando el día comenzaba a apagarse, un estruendo inesperado rompió la calma. En apenas unos instantes caía uno de los elementos más queridos y reconocibles del paisaje realejero: el histórico drago de San Francisco. Con su desplome desaparecía una huella que durante varios siglos formó parte de la vida cotidiana y de la memoria colectiva del municipio. Las reacciones no tardaron en llegar. Vecinos, colectivos culturales y amantes del patrimonio natural expresaron su tristeza ante la pérdida de un ejemplar que muchos habían visto desde siempre. Para varias generaciones fue punto de referencia, sombra familiar en el camino y testigo silencioso del paso del tiempo. Junto al desaparecido convento de Santa Lucía de los franciscanos recoletos, el drago parecía custodiar una parte del alma de Los Realejos. Durante más de dos siglos acompañó la huella franciscana en el lugar y vigiló el pórtico que abre paso al camposanto. Contempló, inmóvil, el transcurrir de generaciones enteras. Su silueta se integró de tal manera en el paisaje que resultaba difícil imaginar ese rincón sin su presencia. Era un ejemplar de gran belleza. Bajo su sombra se cruzaron conversaciones, recuerdos y silencios; escenas cotidianas que, con el paso de los años, terminaron formando parte de la historia íntima del municipio. Actualmente, desde distintos rincones del término municipal, el sentimiento es compartido. Se ha ido un símbolo, un vigilante del tiempo que durante más de dos siglos acompañó el latido del corazón realejero. Si el palmero Antonio Lugo y Massieu, enamorado de la naturaleza, viviera hoy, seguramente habría dedicado más de una página de su recordado periódico El Campo a este triste desenlace. Y es que el conocido como drago de San Francisco ya no se alza sobre el paisaje realejero, pero su historia -tejida durante generaciones- seguirá creciendo en la memoria de su pueblo. No faltan quienes sugieren ya que una placa conmemorativa o la plantación de un nuevo ejemplar puedan mantener viva la esencia y la identidad de un guardián que, aunque ya no esté en pie, permanece en el recuerdo colectivo.

