Hay una idea bastante extendida – y bastante equivocada – de que hay que tener una opinión sobre todo. Da igual el tema, da igual la complejidad, da igual lo lejos que nos quede. Lo importante parece ser decir algo. Posicionarse. Participar. Como si el silencio fuese una forma de ignorancia, o peor aún, de debilidad.
Pero quizá hemos confundido algo básico: lo que hay que respetar no es cada opinión, sino el derecho a tenerla. Son cosas distintas. Tener derecho a opinar no convierte cualquier opinión en valiosa, ni en necesaria, ni en acertada. Tampoco la mía.
En los últimos días hemos asistido a uno de esos debates que, en realidad, no deberían serlo. Una decisión profundamente personal, probablemente una de las más difíciles que puede tomar alguien, convertida en materia de tertulia. Opiniones cruzadas, juicios rápidos, gente posicionándose como si estuviera comentando un penalti dudoso.
Porque ese es el nivel al que hemos llevado muchas cosas.
Vivimos en la era de la opinología. Hay quien en pocos años ha pasado de analizar Fórmula 1 a explicar la prima de riesgo, de ahí a discutir sobre vacunas y ahora a opinar sobre decisiones vitales ajenas. Una trayectoria impresionante, sobre todo por lo poco que cambia el conocimiento.
Y en ese ruido constante hay un actor que lo amplifica todo: la política. Cualquier asunto, por íntimo que sea, acaba convertido en argumento, en posición, en materia de debate. Todo se arrastra al terreno de la confrontación, como si no existieran espacios que debieran quedar fuera. Como si todo necesitara ser discutido para existir. Pero no todo es discutible.
Hay decisiones que no son públicas, aunque se hagan públicas. No son políticas, aunque acaben en el terreno político. No son ideológicas, aunque se intenten leer en clave ideológica. Son, simplemente, personales. Y eso debería bastar.
El problema es que vivimos en una sociedad que ha perdido, en parte, la capacidad de dejar en paz. De permitir que alguien viva como quiera. Y también, llegado el momento, que pueda morir como decida. Sin convertirlo en espectáculo, sin someterlo al juicio colectivo, sin necesidad de opinar desde fuera. Porque eso también es dignidad.
No el concepto abstracto, sino el concreto: el de poder tomar decisiones propias sin que todo el mundo tenga que intervenir, valorar o posicionarse. El de no tener que justificar lo más íntimo ante una audiencia permanente. Pero eso cuesta.
Cuesta porque hemos confundido participar con opinar, y opinar con entender. Y no son lo mismo. De hecho, muchas veces están bastante lejos.
Quizá por eso el silencio se ha vuelto incómodo. Porque no genera interacción, no posiciona, no suma. Pero el silencio, bien entendido, no es ausencia. Es una forma de respeto. Y también, a veces, de inteligencia.
No todo requiere una opinión. Algunas cosas requieren respeto. Y otras, simplemente, silencio.
