Para ser sinceros, fui un director nombrado por descarte. Tras varias opciones que no encajaron, el gerente Gustavo Armas puso mi nombre sobre la mesa y me llamaron para una reunión de trámite que iba a durar apenas unos minutos. Pasé a un despacho en la planta alta del viejo edificio de la calle Salamanca. Un anciano de gafas oscuras, ladeado en su silla y presidiendo una enorme mesa de madera maciza iba a escuchar el proyecto que le planteaba. Yo entonces compatibilizaba la corresponsalía durante once años de El País con la jefatura de Informativos de la SER en Tenerife, así que en sus cabezas seguramente entenderían que era una reunión de mero trámite, a la que había accedido para excusarme de forma educada, agradecido por haber pensado en mi.
Pero lo que desconocían era la enorme ilusión con la que había entrado aquella mañana, lo que en mi decisión pesaría una película icónica como Ciudadano Kane, y que durante días había sido muy feliz imaginando los siguientes años de producción periodística en DIARIO DE AVISOS. También me animó la herencia que iba a recibir, una redacción consolidada, donde destacaron decenas y decenas de nombres icónicos de la historia del periodismo en las islas, empezando por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca y firmas que hicieron de esta una cabecera de referencia en las islas y en el resto del país, como Jorge Bethencourt, Carmen Ruano, Tinerfe Fumero y sus corresponsales en La Palma (su lugar de origen) y Madrid, entre otros muchos, algunos incluso en la redacción actual.
Tras más de una hora de conversación, aquel hombre callado, reflexivo, extremadamente educado y respetuoso me dio su palabra de que seríamos libres para ejercer periodismo. Y la cumplió. Durante nuestra fugaz experiencia de apenas dos años nos tocó traer el cuerpo del subdirector Manuel Iglesias, fallecido en la Península, aceptar varias reducciones de plantilla, incluida la rotativa completa, afrontar la reconversión tecnológica a una edición digital moderna e impulsar en lo posible todo el talento propio de los profesionales con los de pudimos sumar como fijos y colaboradores. En ese tiempo, tras la reunión de primera y antes de dar el ok a la rotativa, nos acostumbramos a mantener una conversación telefónica sobre los temas de portada y la actualidad. Era en esos momentos, ya con la redacción casi a oscuras, agotados de problemas, llamadas, tensiones, cuando el presidente (como lo llamábamos) aprovechaba para escucharme, aconsejarme y desplegar sus vivencias y su experiencia política y empresarial. Le seguía apasionando la política, las causas sociales y Venezuela.
Recuerda Román Delgado, mi gran soporte personal y profesional, subdirector y sustituto inmediato en la Dirección, que Bacallado siempre fue una “persona atenta, cariñosa, respetuosa al máximo con las decisiones profesionales de la dirección periodística, muy cercana y siempre pendiente de cómo se abría el periódico, con un “Román, qué llevamos…”, al día siguiente, una tarea en la que siempre estaba y era muy pero que muy comprensible, a la vez que reforzador de la selección de noticias adoptada para la primera”.
“Fue un editor responsable y bien diferenciador de los ámbitos de la empresa editora y del ejercicio periodístico. Siempre fue un placer hablar y tratar el día a día con él, y jamás se mostró ni sectario ni inquisidor, ni defensor de lo indefendible. Sin duda, un lujo como persona y como editor, entre lo destaco su siempre trato exquisito: clase, educación y saber estar y conversar”.
Con el paso de los años, aquel edificio de la calle Salamanca cayó demolido para que en su parcela se levante uno de los edificios con los pisos más lujosos de la capital de Tenerife. Como ocurrió con la historia reciente del propio periódico. El Decano de la prensa en Canarias cerró allí una etapa y ahora ha vuelto a ganar influencia, valentía, pulso y vigor gracias a la última gran jugada astuta e inteligente de Elías Bacallado, asegurando su pervivencia en manos de Lucas Fernández.
