sÚperconfidencial

La monja

A la vista de cómo está el mundo, yo lo que quiero es vacilar. Y el pasado sábado un amigo me contó una anécdota que me hizo olvidarme de las patéticas andanzas de Sánchez (609 asesores tiene ya) en Barcelona, con lo peor de Latinoamérica y aledaños, y de que Madrid ya no es Madrid sino Venezuela. Resulta que, hace años, un amigo común, médico, se dio cuenta de que su hermana estaba bebiendo demasiado y le puso como vigilante a una monja seglar, que en los primeros tiempos cumplió a la perfección ese cometido: la señora a la que cuidaba dejó de empinar el codo, hasta que la situación se descontroló. Y fue en ese momento cuando la alcohólica volvió a las andadas y, lo que es peor, la monja terminó como ella, libando hasta quedar exhausta. Es decir que la hermana de este médico amigo convenció a la religiosa de que no había nada mejor que una perra de vino; y así un día tras otro. Las dos acabaron como el rosario de la aurora, con lo que los esfuerzos del galeno fueron infructuosos y la soldada a la monjita, completamente estéril. En Canarias, a los que abusan de los caldos azufrados se les llama perravinícolas, que es un término utilizado por los clásicos de las calles de Santa Cruz. Había un santuario para los amigos del whisky, que era el Bar Shangai, en la calle de La Marina, donde Alonso el Chino y su hijo Enrique, que era muy antipático, despachaban el mejor escocés que se ha consumido jamás en el mundo. Decían que el secreto estaba en los vasos, que solo se utilizaban para servir esta bebida. Menos mal que me fui a tiempo de TVE porque, si no, habría acabado como casi todos los demás. Éramos vecinos del Shangai, aunque allí monjas no había.

TE PUEDE INTERESAR