La economía mundial lo tiene “crudo” para continuar su tren de vida como consecuencia de la extrema volatilidad de los precios del petróleo ocasionada desde el estallido de la guerra en Oriente Medio, cuyo epicentro se sitúa en Irán desde principios de marzo. Y especialmente, dado el derrotero que ha alcanzado la crisis bélica emprendida por Estados Unidos e Israel contra el régimen islámico de Teherán, que se ha expandido hacia los países árabes del golfo, con serios daños a infraestructuras y equipamientos de la industria petroquímica. Todo parece indicar que los países demandantes de esta materia prima, principalmente, los desarrollados, se enfrentan a un serio problema de escasez de combustible y de productos derivados que podrían poner en jaque a sus economías a medio y largo plazo. Los efectos de la escasez ya son visibles en determinados países asiáticos con alta dependencia del petróleo, con el cierre de gasolineras y paralización del tráfico y, por ende, del comercio. Mientras tanto, en Europa gran parte de la población parece estar ajena al problema que se nos avecina, salvo en lo concerniente a su preocupación más directa por el incremento del precio de la gasolina. La Unión Europea ha dejado caer la posibilidad de que se apliquen algunas restricciones ante una eventual crisis de suministro de combustible. Incluso, la alegría sigue adueñada de los mercados financieros que no dejan de subir, salvo ligeros retrocesos.
Se me antoja, espero equivocarme, que el embargo petrolífero contra Occidente de 1974 impulsado por los países árabes tras la guerra de Yom Kipur con todo lo que supuso en restricciones e incluso la implantación del cambio horario regular cada año, podría ser una nimiedad con respecto a lo que podría acarrear esta crisis. La derrota infligida por Israel a sus enemigos árabes en la guerra de Yom Kipur de octubre de 1973 tuvo una repercusión en la conducta de los países productores y exportadores de petróleo que castigaron a sus clientes occidentales con el embargo de ese valioso recurso. Medio siglo después parece repetirse la historia, pero con algunos cambios en los actores y escenarios. El embargo energético de 1974 llevó el precio del crudo Brent a los 11,65 dólares por barril, nada comparable con el alcanzado en julio de 2008, por encima de los 147,50 dólares en plena crisis desatada por las hipotecas basura de Estados Unidos. La semana pasada el precio del barril físico de crudo Brent escaló hasta los 120 dólares.
Un barril de petróleo por encima de los 200 dólares podría ser demoledor para cualquier economía y no digamos para la española con un nivel de deuda y gasto público desorbitados.
Las economías mundiales se han convertido en rehenes de la OPEP porque no han sido capaces de dar el paso decisivo hacia otras fuentes de energías más limpias y baratas, con menor impacto medioambiental, tal vez por intereses que no viene al caso citar ahora. Septiembre será un mes clave para determinar el alcance de los daños económicos colaterales de esta guerra.
*Periodista en la reserva y escritor
