A individuos como yo, que soy ateo y envidio a los que se precisan creyentes, la estampa del papa y los demás concilios de la iglesia católica le quedan lejos, muy lejos. Por más lo que esa punta política y de poder ha manifestado y manifiesta en la historia. Recuérdese, por ejemplo, a fuer de Cristo elegir y configurar con Pedro las bases, esa iglesia se proclamó la “dueña del mundo” y dio el plácet para que las potencias existentes entonces (siglo XV) se desplazaran con el eufemismo de transmitir la fe verdadera y no conquistar, sojuzgar a pueblos, desconsiderarlos en su ser, no permitirles responder y solo alcanzar el estatus de infieles y de salvajes para ser sometidos y destruidos. Es la infausta proclama que ideó el filósofo más conservador de los tiempos, ese que pronunció las palabras que pronunció sobre las mujeres o el que ideo la “guerra justa” contra los no civilizados, ese al que el catolicismo asentó en su seno como el pensador de referencia, Aristóteles. Igual que se cumple el hondo alarido de la corrupción que traspasa siglos y siglos, eso contra lo que se alzó el grande Lutero y sentenció la división de los devotos (para bien del cristianismo). O lo que consigna la represión, divino celibato, y da millares de pederastas con cantidades sublimes de abusos sexuales y los dichos prebostes ocultaron por muchos años. Así es que la iglesia pareció redimirse al instaurar en su cumbre a un “progresista” argentino: Jorge Mario Bergoglio, Francisco. Insuperable. Por eso cuando las puertas del concilio se abrieron después de la fumata blanca y se supo que el elegido era un norteamericano (Robert Francis Prevost, de Chicago, León XIV) todos dedujimos: convenio con el maléfico proceder de la potencia más grande del mundo. Esa es la “nueva iglesia”, supusimos. Ahora bien, lo que este papa deja ver en los últimos días es cuestión de repasar y reponer. Se planta enhiesto como representante de la organización religiosa más importante en este mundo y concilia para sí la lengua que declara los valores que lo han hecho ser. Y son por más que un mamarracho paisano suyo ande suelto por ahí quebrantando al mundo y suponiendo que puede pisotear la dignidad de los pueblos y de la gente. Es lo que para el caso se dejaría ver, luego de las amenazas y declaraciones del susodicho contra el presidente Sánchez y León XIV. No hay concilio con los débiles, declara, y se los llevará por delante hasta lo más hondo de los infiernos. Pero las dos dichas personas en sus puestos no acusan los cuernos del aludido, siguen firmes, con el mismo discurso en contra de lo que deben estar en contra. Un papa valiente que, al conocer lo que significa ser presidente de Estados Unidos, y más el presidente que este es, se pone de frente, no le tiene miedo y sigue enervando su alegato sin piedad. “Nueva iglesia”. Que perdure, se dirá.
