tribuna

La meretérica

Cuando don Quijote libera a unos presos que son conducidos a galeras por la Santa Hermandad está recordando la bienaventuranza a los que padecen persecución por causa de la justicia, algo así como la promesa que le hace Jesús al buen ladrón citándolo en el reino de los cielos. A partir de aquí no es buena la reputación de quienes están encargados de mantener el orden, siempre sospechosos de cometer algunos desmanes. Por eso cada policía, en un régimen autoritario, acaba convirtiéndose en una policía política. La intención del duque de Ahumada cuando fundó la Guardia Civil era crear un órgano desvinculado de cualquier ideología, pero la fuerte tradición española de simpatía al bandolerismo bueno, representado por Curro Jiménez, hizo que esto no fuera posible y a las fuerzas del orden les tocó desempeñar el papel de los malos, como en los tiempos de Cervantes. A Antoñito el Camborio se lo lleva codo con codo la benemérita caminera por tirar limones al río, y en la canción “Échale guindas al pavo”, aparecen los guardias reclamando una parte del botín, cuando dicen: “porque tiene muchísima gracia que yo no pruebe ni un ala”. Ahora se quejan de que en la Línea de la Concepción la ciudadanía se ponga de parte de los delincuentes, como en una especie de Fuenteovejuna que presenta resistencia al interrogatorio del Corregidor. Hay quien dice que estos signos de la idiosincrasia típicamente española esconden la existencia de un populismo inconfesable. Lo cierto es que cuando al Camborio le dan tres navajazos le pide a Federico que llame a la Guardia Civil antes de morirse de perfil. La Guardia Civil no estuvo siempre de parte de un sector ideológico en la política española. Bien es verdad que tuvo que reprimir la Revolución de Asturias, en 1934, por orden del Gobierno de la República, y que en la guerra desempeñaron actos de resistencia, a favor del bando blanco, como en el Santuario de Santa María de la Cabeza, que se enumera en las gestas nacionales, igual Numancia, el Alcázar de Toledo o el puñal de Guzmán el Bueno, pero también actuaron en Barcelona repeliendo a los rebeldes. Hay una Guardia Civil en García Lorca, interviniendo en riñas de gitanos, de esos romaníes que vivían en la Alhambra para asombro de Washington Irving, pero hay otra cuyos hijos no pueden dormir tranquilos en los cuarteles porque los matan las bombas de los terroristas. La Guardia Civil, heredera de la Santa Hermandad contra la que lucha don Quijote, la Meretérica de Chiquito de la Calzada, nunca ha tenido la simpatía de esa izquierda protectora de los más débiles, sin tener en cuenta que sus números salen precisamente de ese pueblo que parece odiarla tanto. Ahora han dejado de ser los encargados de imponer las sanciones de tráfico en País Vasco y Cataluña, después de pasar a ser competencia de la Ertzaintza y del los Mossos. Estuve por allí cuando aún tenían responsabilidades compartidas y unos vascos rezaban porque fueran los civiles los que los pararan en la carretera: las multas eran más suaves que si te las ponían los de la policía autonómica. Tenían miedo de las represalias. Ahora parece que un desaire a la Guardia Civil puede ser un rechazo al Gobierno central en las elecciones andaluzas. Puede que sea así, con lo cual esa relación folclórica con la pareja caminera no sea tan popular como se dice. Álvaro de Laiglesia contaba que en el Tíbet habían contratado a dos guardias de los nuestros para dar con el Yeti. Después de patrullar pacientemente por los alrededores del Everest dieron con él y le preguntaron: “¿Es usted el abominable hombre de las nieves? Y el otro les contestó: “El abominable será su pajolero padre”.

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