Con la paga de julio, que el común cobra en junio, aparece de sopetón el verano, que es una estación desinhibida. Parece mentira que estemos, un proponer, casi en junio y siga lloviendo, porque yo el martes por la mañana me encontré mojadas las calles, en un extraño giro copernicano de las estaciones. Está bien el agua de mayo, pero no el diluvio tan metidos en el mes. Desapareció el franquismo y no la paga que inventó Franco, junto a la Seguridad Social. Aquellos logros son inamovibles y ni siquiera eso que le dicen memoria histórica ha podido con tales caudillescas iniciativas, a las que hay que añadir las subvenciones a los sindicatos, que por sí solos no durarían dos semanas. Hay cosas que no fallan: cada vez que estás meando, o lo otro, suena el móvil que tienes en el salón, y una de dos: o te diriges hacia él apretando el culo y caminando como Charlot o lo dejas pasar. Si es el fondo de inversiones reclamando lo suyo, vale, pero si es el amigo que te anuncia que ya te ingresaron la jubilación, te fastidias. De momento, la paga parece segura, pero con tanta mamazón uno no sabe nunca qué ocurrirá mañana, si la caja resiste o revienta. Se trata de una sombra inquietante, como el negro de WhatsApp, que veía tras de sí el entalegado Ábalos. Estamos casi en junio, a un paso del verano, y ya empiezan a abrir los chiringuitos de la playa y las jóvenes a despojarse de vestiduras, lo cual es una bendición del Cielo, al menos para un servidor. Hasta el papa viene de verano, con su encíclica bajo el brazo, escrita sin inteligencia artificial. Pero yo el martes vi la calle mojada y no era de rocío sino de agua de mala nube, en estos tiempos descambiados.
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