tribuna

Los niños más felices del mundo

El Tenerife ha vuelto. Ganó al Barakaldo con las cuentas hechas de antemano y el estadio conjuró todos los fantasmas. Cuando los hitos domésticos tenían relevancia en nuestra escala de valores, el fútbol era determinante. Mis mayores alegrías y desilusiones dependían de que el balón quisiera entrar o no. Si mi equipo ganaba, el fin de semana sabía a gloria.
Ahora que el Tenerife ha vuelto, lo primero que he sentido es una gran paz, tras un mar de dudas por que el equipo naufragara. Así que la feligresía adolescente convertía al Tete en un Tótem, y ahora nos invade el optimismo de esa paz pequeña, insular y nuestra, que parece la paz del mundo.


Una de las personas que me contagió este éxtasis -antes del partido- fue el capitán de mis primeros años de idilio con el Tenerife de García-Verdugo. Molina (Alberto Molina Navarro), el defensa central inexpugnable, al que nunca expulsaron, el que más partidos jugó con la camiseta blanquiazul. Aquel mito grecolatino, como los grandes astros del fútbol, era para nosotros, los hinchas de General de pie, nuestro Franz Beckenbauer, el teutón que reinventó al líbero en el Bayern. Molina era nuestro ‘Káiser’. Gobernaba el área con alas de fuego, pero era limpio y confiable como una muralla exenta de humedades. El otro día declaró en estas páginas a Martín-Travieso: “Tengo fe ciega en que vamos a ascender”.


Los déjà vu te transportan en el tiempo. La frase de Molina, el Capitán, me llevó al estadio en el 71, hace 55 años, cuando el Tenerife de García-Verdugo -un entrenador poco halagado, pero de las grandes nostalgias ‘heliodoras’- subió a la categoría de plata tras tres tristes temporadas en el pantano de Tercera. También fue una fiesta en casa: 4-0 al Real Unión de Irún en la penúltima jornada. Fue el segundo de seis ascensos a Segunda.


¡Aquellos años 70!, para lo bueno y para lo malo. Como no existía Internet, en la islita se podía vivir sin el susto en el cuerpo por una guerra expansiva como la actual, aunque, en realidad, hubiera una auténtica avalancha de guerras perniciosas por todos sitios en plena Guerra Fría. Porque mi hermano Martín y yo, que militábamos en La Tarde, éramos conscientes de aquellos conflictos a través de las crónicas de papel, que no es lo mismo que con la incontinencia del móvil. Era un aluvión de frentes: la legendaria guerra de Vietnam, las guerras en la India, Pakistán, Camboya y Oriente Medio, guerras coloniales portuguesas en Guinea, Angola y Mozambique, la de Sudán en África y los Tupamaros en América, y, por si fuera poco, en Europa, ardían Irlanda del Norte y España, porque ese año el IRA puso en jaque a Londres y ETA a la Península Ibérica. Una tromba de fuego casi invisible, lejana; ahora, tenemos a Irán en la punta de la lengua.


Pero en la calle San Sebastián, aquel domingo 30 de mayo, se cantaron cuatro goles sin tener la mente en otra parte. Porque aquella era la única guerra que nos importaba. Domingo (que se apellidaba Rivero, como si fuera de la familia) y Del Castillo eran dos porteros inflexibles: el balón no tenía derecho de admisión. Encajaron solo 20 en total. Con Lesmes, Molina y Pepito atrás estaba todo dicho. García-Verdugo, en caso de necesidad (un 0-0 que se resistiera) tiraba de Pepito, que era el plan B: bastaba una seña y el defensa galopaba hasta el medio campo, se hacía un silencio en el estadio, Pepito levantaba la pelota como si fuera a sortearla, el balón botaba un par de veces, y él soltaba un trallazo que solía ser gol de necesidad, como si fuera una costumbre, porque eran distancias para cañonazos de artillería, pero no para una simple patada. 1-0 y tres puntos. Así fuimos sumando, hasta ser líderes y ascender.


Juanito el Vieja era un genio que jugó con Cruyff en el Barcelona. Los de mi edad recuerdan al Vieja haciendo regates en corto junto al palo de córner, rompiendo la cintura al defensa y colgando misiles para Manolo el Purga, Jorge, Mauro o Medina, que ya despuntaba. Había que ver a Esteban y Cabrera de centrocampistas, eran una pareja de baile que no se me olvida.


Los héroes del 71, bajo la presidencia de José González Carrillo, sacaron al equipo del pozo de Tercera, de la crisis de las deudas y la pérdida traumática de la propiedad del estadio, una época que tenía trazas de pobres, que ahora es la etapa de Rayco García. Que la plantilla de Álvaro Cervera haya acertado a la primera ocurre rara vez, como creí entenderle a Felipe Miñambres, un presidente que jugó en el Tenerife las gestas de los 90 y sabe que hay una ‘sintaxis’ para transitar en Tercera.


García-Verdugo y Olimpio Romero, su segundo (otro mítico nombre del fútbol canario), no se andaban por las ramas cuando había que defender y ganar por la mínima sin brillo en los borceguíes, no nos importaba. A nosotros, los niños de entonces, nos hicieron los más felices del mundo.

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