Uno debe acostumbrarse a que le falle todo. En contra de la teoría del profesor Alarcó, que dice que no hay viejos, un enamorado de la gerontocracia, pues, el otro día, ayer, no pude asistir al almuerzo que ofreció, con motivo de sus 80 cumpleaños, mi amigo Joaquín de Suñer Machado. Me temía lo peor, en medio de una ceremonia tan importante, que además me han dicho que salió perfecta. Yo estaba encogido en mi casa, atacado por los divertículos por todos los flancos, viejo carrucho, acostadito y viendo la tele, todo menos el Mundial, porque vaya mierda de Mundial. Lamenté no asistir a esa reunión donde estaban ochenta amigos y amigas, o más o menos, porque uno no puede ser amigo de tanta gente. Felicidades, Joaquín, y larguísima vida, que te la mereces, más que nada por buena persona. Allí estaban sus hijos, sus nietos y su maravillosa mujer, Ivone, que a pesar de ser catalana de cuna se ha integrado en una sociedad tan escandalosamente anárquica como la nuestra. Bueno, la catalana tampoco se queda corta. He pasado momentos muy agradables con los dos y me alegro del éxito de la fiesta, celebrada en el Risco de Oro, la antigua casa familiar de los Machado, que ahora va a ser convertida en complejo residencial y gastronómico de lujo, unida a la finca La Chiripa. En fin, que cuando empieza todo a fallar, como es mi caso, lo mejor es permanecer en la retaguardia, viendo divertirse a los demás y combatiendo las dolencias propias, que ya empiezan a ser innumerables. Cada vez que salgo a la calle hago un plano de emergencias y jamás olvido las pastillas correspondientes, por si las moscas. Me estoy empezando a hartar de ser viejo, en contra de los criterios del profesor Alarcó, que a pesar de su actividad está como una puncha. Menos mal que yo había probado ya el menú.
