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Entre tejas y guitarras

Era un pueblo -con mar-, de tejas, calles empedradas y sonidos de guitarras. Cuando escucho las viejas canciones de entonces se revuelven en el fondo de la memoria los momentos irrepetibles de la juventud. Todo ha cambiado, hoy camino por la calle como un zombi, nadie me conoce y yo tampoco conozco a nadie; llevo la condición de vieja gloria en la frente y dudo cuando me enfrento a una escalera mecánica. Este último síntoma -la duda ante la cremallera- es un presagio terrible: yo me burlaba interiormente de los viejos cuando tenía treinta años y los veía sufriendo de la misma indecisión. A cada cochino le llega su sanmartín. Entre tejas, lecturas y guitarras, intentos de adquirir cultureta, juergas e ilusiones forjé aquella juventud portuense, eso sí rodeado de buenos amigos a los que de vez en vez encuentro en las calles llenas de gente, pero que a mí me parecen vacías. Quedan monumentos de encuentro, como el viejo Instituto Hispánico, el muelle, la ermita de San Telmo, cuya única luz rompíamos cada noche a pedradas por razones que no vienen al caso. Indudablemente, reina en mí la sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor, como adelantó, tiempo ha, Jorge Manrique. Era un pueblo -con mar-y la vieja libreta dice que tenía 25.000 pesetas en la Caja de Ahorros. 25.000 pesetas era un montón de dinero. Cuando empecé en La Tarde (año 70) ganaba 7.000, pero estuve varios meses sin cobrar, hasta que me planté ante el gerente. Mi juventud, en lo musical, estuvo guiada por las canciones del Festival del Atlántico, pero tenía una novia -mi primer amor- que era fan de Elvis Presley y entonces yo lo fui también. Se ve que tenía poca personalidad. Ella escuchaba a Raimon y a los autores de la canción protesta. Ya saben: Al vent, la cara al vent, el cor al vent. Y eso.

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