Un amigo mío suele decirme que uno de los grandes errores de nuestra época es confundir información con conocimiento. La IA es un inmenso almacén de información en constante crecimiento al alcance de todos y, en lo que me atañe, he podido comprobar que, en muy poco tiempo, se ha convertido en una herramienta operativa real en el campo del derecho. Es evidente que es capaz de elaborar contratos, atreverse con análisis predictivos, y en general, dar respuestas más o menos atinadas a dudas legales que nos surgen en el día a día, porque procesa volúmenes ingentes de información en segundos. Pero también opino que es arriesgado confiar decisiones o consultas que pueden afectar de manera critica a nuestra vida, ignorando la necesidad del abogado humano. Recuerdo vagamente ese dicho atribuido a algún abogado famoso, local o internacional, que decía algo así como que no cobro por las leyes que se, sino por lo que sé hacer con ese conocimiento. Y es que existen espejismos, y si es difícil a un jurista detectar fallos en la consulta masiva que nos ofrece la IA, cuánto mayor no le será a alguien que no tiene conocimientos jurídicos. Como decía al principio, cada vez me llegan más textos jurídicos para corregir, cuando antes lo que se nos pedía a los abogados era la confección del documento desde el principio. De algún modo, hemos pasado de ser generadores o creadores a correctores y no tengo claro que esto deba ser del todo negativo, porque si al final del proceso está el jurista, se siguen reduciendo también los riesgos. Pero ¿cuáles son estos riesgos? Una de las principales cuestiones a tener en cuenta es que la IA usa modelos de lenguajes prediseñados para ser coherentes, pero no verídicos necesariamente. Sin ir más lejos, a mí nunca me ha contestado (a una duda jurídica) que no lo sabe, pero si me ha dado muchos errores a la hora de localizar un fallo (en el sentido de sentencias o resoluciones judiciales). Y ya hemos visto noticias de abogados que han sido sancionados por presentar escritos con jurisprudencia inventada por la IA. Tampoco observo, a nivel de un usuario no jurista, que sea exquisita en la actualización de normas o reformas. Y todo esto es importante si queremos desenvolvernos con seguridad jurídica en nuestra vida. Como conclusión, vuelvo a lo que escuché una vez cuando toda esta revolución comenzaba. La abogacía no puede perder su esencia humana. El juicio crítico, la empatía y el rigor técnico son insustituibles. Y el uso de la tecnología en el derecho exige una supervisión consciente, prudente y guiada por el conocimiento del abogado.
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