Los datos de los analistas de la CIA son contundentes: más de 50.000 muertos tras los dos terremotos de Venezuela, miles de los cuales -como ocurrió en la escorrentía de Vargas- no se encontrarán jamás. Se fabricarán edificios y carreteras sobre sus esqueletos, como ya ocurrió en 1999, en la misma zona donde los movimientos sísmicos mostraron mayor virulencia en estos días. La dictadura venezolana, aún no dominada del todo por los norteamericanos, no permitirá que se sepa la verdad. No tengo ni idea de la razón de esta jugada. Cabello, el todavía poderoso ministro de Interior y Justicia, es un bruto de reconocida crudeza, que controla el Ejército. Por eso no lo ha extraído el del pelo naranja, porque de momento no le interesa. Es él quien dirige (¿) las labores de rescate de las personas que aún puedan sobrevivir bajo los escombros. Venezuela es un caos. Un caos con muchas zonas de Caracas y de La Guaira sin luz, sin agua y con gravísimo riesgo sanitario. El hedor de los cadáveres se hará presente en uno o dos días, la atmósfera será irrespirable, la población pasará penurias y la ayuda internacional será convenientemente comercializada por los adictos al régimen, que se enriquecerán todavía más. En un país como Venezuela, la moral no existe. Otras naciones van camino de la misma suerte. Pero la tragedia empieza realmente ahora, cuando Diosdado Cabello está impidiendo el paso a organizaciones de rescatistas para que no puedan contar al mundo ese caos. No digamos a los periodistas, sólo algunos de los cuales se han podido colar. Venezuela es nuestra octava isla, la queremos, pero en los Estados Unidos no significa nada. Trump empezó un trabajo que no terminó porque a él le interesaba Maduro, traicionado por los suyos y extraído por la CIA. Venezuela está a un paso de convertirse en un estado fallido. Si no lo es ya.

