El adjunto primero a la diputada del común, Antonio Alarcó, lleva siempre encima, en el portafolios, una grapadora. Es de grandes dimensiones, lo que le origina notables discusiones en el control de seguridad de los aeropuertos, ya que los seguratas creen que va a grapar al piloto del avión e intentan quedársela en custodia. Hasta el momento, el cuatro veces doctor Alarcó, porque pronto lo será también en sicología, o algo así, ha logrado salir airoso de las embestidas de los de seguridad. Pero yo, por si acaso, le he comprado una mini grapadora Petrus, con su correspondiente dotación de munición, para que transite por los arcos como Pedro por su casa. Se la entregaré durante una comida que celebraremos en Los Limoneros, y que pagará él, para celebrar la estancia de un amigo común en el hotel Madrid, en la habitación que ocupó el generalísimo el 18 de julio de 1936, en Las Palmas, la noche antes del golpe. Es tan pequeña la grapadora que ningún segurata aeroportuario podrá ponerle pegas jamás. Ahora bien, ¿para qué necesita Antonio una grapadora? Ni él mismo lo sabe. Es cierto que la mente humana, igual que los designios del Señor, es inescrutable. Y el reputado médico y ex senador del PP ha adquirido esa manía, compatible con el estrés que le produce tanto trajín: siempre está grapando algo, como quien quita las capas a una cebolla. Ha de elegir Antonio el color de la mini grapadora, porque compré varias para mí, ya que todo se pega y ahora yo tampoco puedo estar sin grapar algo. El otro día le grapé las cejas a mi sobrino Sergio, en un instinto irrefrenable que me dio. Sergio se contagió de mi afán y grapó el techo del VW Polo que le regalé, en su día, porque se le estaba cayendo encima, así que mi familia ha sido contagiada por el grapavirus de Alarcó, para el que no existe cura conocida.
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