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La matazón de Topuria

El animal de Donald Trump –y, cosa extraña, su delicada esposa—asistieron en la Casa Blanca a un espectáculo, o quizá masacre, de arte marcial mixta, escondida en cierta manera bajo el paraguas del antiguamente noble arte del boxeo. El gladiador americano Gaethje disputaba un presunto título mundial al georgianohispano Ilia Topuria. El americano machacó al nuestro, metiéndole en un ojo su guante; y dicen que dentro de ese guante había algo. Mi querido amigo Antonio Salgado, uno de los mejores cronistas de boxeo de la historia de este país, se acordará de que allá por 1970 yo descubrí, y publiqué en el diario La Tarde, que algunos boxeadores metían dentro del guante de seis onzas una pieza de hierro que convertía en demoledores para el rival los golpes del infractor. Publiqué la noticia y, como ocurría en buena parte de mis audaces reportajes, me pusieron a parir. Pero pude demostrarlo. Este arte marcial de Topuria y de Gaethje, que tanto gusta a la familia Trump, causó tal impacto en la salud de los púgiles que su propia federación ha estimado en seis meses el periodo de recuperación de ambos. Topuria fue hospitalizado por lo del ojo. Los Trump se revolvían de gusto en cómodas butacas, en los jardines de la zona Sur de la Casa Blanca, mientras dos hombres casi se matan en un ring, pegándose con manos, hierros (por lo que se ha publicado) y pies, según creo, que servidor no acostumbra a ver esas trasgresiones brutales de un mal llamado deporte. Topuria y el otro han cobrado millones de dólares, pero este espectáculo no me parece normal que lo organice el presidente de los Estados Unidos. Un deporte que produce tanta sangre no es un deporte. Un deporte que transgrede sus propias normas, y más ante el presidente del primer país del mundo, me parece una animalada. No sé lo que opinarán ustedes.

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