tribuna

León XIV, la fuerza tranquila

Hay que agradecer al Espíritu Santo que en el Cónclave soplase a los cardenales el nombre del estadounidense Robert Francis Prevost para ser papa, providencial en este tiempo de tribulación en el que los poderosos, con su paisano Donald Trump a la cabeza, se han conjurado para atropellar el derecho internacional e imponer el enfrentamiento y la polarización. Dios aprieta, pero no ahoga. Ha consentido el veneno Trump, pero nos ha dado el antídoto Prevost, un papa firme, fuerte, tranquilo y con carisma.

León XIV llega mañana a Tenerife para estar con la gente, predicar el Evangelio, que es lo suyo, y transmitir calor, comprensión y reconocimiento por la acogida que ejemplarmente dispensa Canarias a tantos desheredados que llegan huyendo del espanto. Ya no es un desconocido. Sabemos de su pensamiento e inquietudes por lo que le hemos escuchado estos días y por su primera encíclica, “Magnifica humanitas”, de obligada lectura para interpretar el mundo actual, cuyo contenido está desgranando en los actos y encuentros de estos días en España.

Este papa es hoy la primera autoridad moral del mundo, un referente, no solo para los católicos, que encarna el anhelo universal de paz y la defensa de la dignidad humana frente a los atropellos de los poderosos. León XIV es un baluarte en defensa del mundo civilizado, de la democracia y del multilateralismo, que denuncia sin ambages la amenaza de la inteligencia artificial (IA) porque sus desarrolladores crean ingenios sin las “limitaciones” de los hombres (capacidad para sentir alegría o dolor, conciencia moral, juicio, amor…) para utilizarlos reemplazando a las personas. Pero, ojo, la encíclica no es un alegato contra la tecnología ni un manual al uso sobre la IA, sino una llamada de atención para evitar el “cultivo” de herramientas informáticas que crezcan sin el control del desarrollador que las pone en marcha.

El viaje del papa ha sido noticia diaria desde mucho antes de llegar y utilizado para arrimar cada cual el ascua a su sardina: el Gobierno para manifestar la cercanía de sus posiciones con las del Pontífice en política internacional y de emigración; la viborilla de la Puerta del Sol para exhibir impúdicamente en Roma el catolicismo que no practica y para tratar de indisponer al Papa contra Cataluña cuando se despedía de Madrid; otros, qué casualidad, para anunciar el estreno estos días de una película sobre los abusos de menores en el ámbito de la Iglesia; Núñez Feijoo para pedirle a Sánchez que dimita por sus pecados de acción o de omisión, y Abascal para salirse por la tangente en su rechazo a los emigrantes: una cosa es la teoría y otra la práctica y también en el Vaticano echan a los que entran sin permiso (sic).

Es una visita que queda para la Historia. Ayer bendijo la iglesia más alta del mundo, la Sagrada Familia, y el lunes pronunció un excelente discurso en el Congreso, donde antes nunca había hablado un papa. Con claridad y la valentía que aprendió de san Juan Crisóstomo, defendió sin circunloquios la doctrina de la Iglesia, emplazó a los legisladores a abandonar la polarización y los enfrentamientos y los animó a hacer leyes que promuevan la paz y la justicia, la dignidad inviolable de las personas y la protección de los más débiles. Para la historia queda también otra sentencia que, ante más de un millón de personas, pronunció en la homilía de la Misa de Cibeles: “nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano”.  

En Barcelona y Madrid, como seguro ocurre hoy en Gran Canaria y mañana en Santa Cruz y La Laguna, la gente se vuelca en la asistencia a los actos, con una alegría y entusiasmo que contagian al Papa, pese a su habitual actitud contenida, de “fuerza tranquila”, en definición que tomo del publicista francés Jacques Séguéla. Además de la motivación religiosa de los creyentes, muchos ciudadanos ven en él a un líder que dice sin miedo lo que otros callan, que pone en su sitio al mismísimo Trump y que con mesura y su magisterio desautoriza y desmonta las barbaridades que propala el ególatra de la Casa Blanca.

Había expectación ayer por ver el efecto de las palabras del Papa en la sesión de control al Gobierno. No llegó la sangre al río, pero me malicio que la bronca arreciará cuando el avión papal despegue mañana de Los Rodeos. Veremos.

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