En la mañana del miércoles, profundamente dormido, soñé que alguien había encargado 90 pizzas, que yo tenía que pagar, más los servicios de dos albañiles que acometían una obra eterna en una vieja casa mía. Hacía cálculos y no me daba. Coño, el surrealismo me sepultó en sudores mañaneros y menos mal que a mi hija se le ocurrió llamarme para invitarme a desayunar, lo que desmontó el conjuro de la pérfida gastadora que había originado el entuerto: una perturbadora antigua. Los sueños mañaneros confunden no poco y yo los atribuyo a las series nocturnas de Netflix que me meto entre pecho y espalda, que van desde el amorío de campiña al misterio del espionaje y, en el entremedio, alguna guerra perdida que luego me persigue, fusil en mano. Son los sueños de primavera, que trasladan a uno al pasado; y a mí me persigue una casa interminable, que nunca acabo del todo y que jamás utilizo. Y que, además, es el chalé de mis sueños, pero no lo disfruto. Y lo que más me cabrea es eso, que no lo pernocto pero me gasto una fortuna en su conservación. A mi provecta edad, me duermo en los sillones, me babo como si fuera un viejo -¿cómo si fuera?- y me quedo roque sorteando memorias antiguas, incluso en los partidos de fútbol de la Selección Española, que aburren a un santo, quizá por la ausencia en ella de jugadores del Real Madrid. España ya no es mi equipo, yo quiero que el Mundial lo gane Brasil, que para eso tengo al sabio Ancelotti al frente de la canarinha, o voy a escribir canariña. Pero lo de las pizzas fue mucho: ¿quién coño se habrá comido las 90 pizzas de mi sueño surrealista? Me despertaron antes de averiguarlo, lo cual agradezco porque tampoco estoy ya para ejercer del circunspecto Sherlock Holmes.
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