Cada vez que voy a Venecia (antes, casi cada año) me acerco a Murano, a ver trabajar el vidrio o a comprar algo, pero algo barato, nada del otro mundo. El vaporetto cruza deprisa la Laguna de Venecia y se planta en la isla, donde vive desde luego más gente que en La Graciosa. Cada vez que iba a Murano me regalaban un caballito de cristal, como cebo para que me comprara un espejo carísimo. No he adquirido espejo alguno, pero sí he aceptado los caballitos, que reparto entre mis hijas a la vuelta. Ya no iré más veces a Venecia, ni a Murano, porque he decidido que no me muevo de esta isla, no por nada sino por comodidad. No soporto a los seguritas de los aeropuertos, por supuesto no viajo en la perrera del avión (la incómoda clase turista) y tampoco me interesa trasladarme a cualquier parte, aunque valga la pena, a estas alturas de mi vida. Además, una nueva correría mía es incapaz ya de plantar cara a mis divertículos, que de vez en cuando salen a pasear, sobre todo por mi irrefrenable tendencia hacia la comida picante, que es sabrosa pero dañina para esas desviaciones intestinales. Y no es cuestión. No sé por qué me acordé ahora de Murano y de mis caballitos, que he perdido de vista en una de las razias que hago de mis pertenencias, en favor de mis hijas. Nada del otro mundo, no vayan ustedes a creer otra cosa, porque ellas son de gustos minimalistas, al contrario que su padre, que es recargado, barroco, coleccionista y acaparador obsesivo. Sufro una especie de complejo de Diógenes, pero con mucho orden, probablemente debido al TOC. Sí conservo cuatro caballitos pintados a mano, suecos, que los súbditos de aquel país exhiben en sus salas de estar, con gran orgullo. Colocados en fila por tamaños y dibujados a mano. Los compré en Estocolmo. Saldrán pronto de mi casa, al trote.
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