El otro día me pegué un madrugón para ver el partido entre Argentina y Argelia, creo que en Kansas City, o por ahí. Jugó Messi, que tiene 38 años y consiguió los tres goles de su equipo. A Messi nadie lo marca, juega caminando y anota todos los goles del mundo (ya es recordman en la historia de los Mundiales). No se lesiona jamás porque nunca entra al choque, pero en el partido aludido le dio una patada en el gemelo a un contrario, que pudo suponer su expulsión. Ni siquiera lo amonestaron. Los árbitros le adoran, aunque sean tan buenos como el polaco Marziniac, uno de los mejores trencillas del campeonato. Messi debe ser uno de los futbolistas más ricos del mundo, pero sobre todo es una leyenda. Los argentinos, como los catalanes, siempre tienen que llevar una estampita en el bolsillo de una leyenda del fútbol. Antañazo, el elegido era Maradona y ahora es Messi. Los catalanes tienen a un chico hispano magrebí llamado Lamal que llama la atención porque juega parecido a Messi, aunque más pegado a la banda. Los catalanes acabarán colocando una estatua de Lamal cerca de la Sagrada Familia, tenga el chico la religión que tenga, porque ellos son más bien ecuménicos. A Messi nadie lo marca, pero él marca todos los goles. Una vez, en el Bernabéu, tras una goleada, se quitó la camiseta y se burló de la grada. Se lo merecía el Madrid, que cada vez juega más torpemente. Valió la pena el madrugón, porque Messi hizo tres carreras y marcó tres goles, en colaboración con el portero de Argelia, un hijo de Zidane que es muy malo. Pero ahí está el del Inter Miami, caminando por los campos a los 38 años. Un futbolista llamado Lionel, a quien nadie cita como Lío sino como Leo, no sé por qué. En todo caso, pedazo de jugador.
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