Vivimos un ambiente raro. Dicen que estamos gobernados por el miedo y esto es un signo de retroceso, una especie de retorno al tiempo en que nos refugiábamos en las cavernas. La Humanidad nunca ha dejado atrás su capacidad de aterrarse por todo aquello que aparece como nuevo y no entiende. Luego lo olvida y se adapta y lo achaca todo a la evolución. El miedo es un síntoma de la vejez. Los jóvenes son más arriesgados, seguramente porque les falta la experiencia para comparar situaciones anteriores. Todas las catástrofes que puedan influir en sus memorias son conocidas por las versiones inducidas por los que las vivieron. Así se va construyendo el mundo, a base de relevos, de inauguraciones, de modificaciones, y escasamente de rectificaciones, dejando constancia de que la gran máquina social avanza a un ritmo diferente a como lo hacen los individuos que la forman. A veces estos se rebelan y provocan desajustes importantes, reacciones violentas y hasta guerras. Entonces impera el desarraigo y cada cual busca el amparo del sol que más calienta, en lugar de situarse bajo la influencia de uno que brille para todos por igual. Es el tiempo de las sectas, vagando desnortadas, intentando hallar una estabilidad imposible bajo sus dogmas inamovibles. Provocan el descrédito y la cancelación de todo aquello que no coincida con sus argumentos, basándose en la imposición fatal de su fanatismo. Entonces no cabe la neutralidad, ni la moderación, ni el esfuerzo de la lógica por implantar su método razonable. Todo es sustituido por la descalificación, por el odio irracional, por el imperio del desentendimiento. Algunas pequeñas torres que parecían independientes sucumben bajo la influencia ideológica y se ponen al servicio de una de las partes para así alimentar un mundo de trincheras. Es muy desagradable que te toque vivir en un ambiente como este. La razón deja de existir y es sustituida por el argumento interesadamente torticero. Las sardinas dejan de marchar en el cardumen y se transforman en pececillos aislados, cada uno arrimado a su ascua. Imposible vivir en estas condiciones, pero lo peor es abogar porque dure y no acabe nunca. Hay gente sabiendo que hay solución, pero le es difícil abandonar esta práctica de consumo lento que no conduce a ninguna parte. El desencanto frente al futuro nos invade en un territorio donde ni siquiera las ambiciones son factibles. Son muchos los que viven con la mochila del fracaso sin poder quitársela de encima. El papa ha venido y de forma tímida ha hablado de esto. Al día siguiente todos dijeron que se refería a los otros y volvieron a lo mismo. Estoy harto de los que tienen el monopolio de la verdad, de los editoriales de cierta prensa oportunista que se empeña en dividirnos en buenos y malos, de la mediocridad aferrada a las ventajas del poder, de aquel que dice quererte bien, pero te espera detrás de la esquina para darle con un palo en la cabeza. No me gusta lo que veo.
