César González-Ruano, cuando escribía en el Café Gijón o en el Teide, Teide café, no volcán, pedía siempre recado de escribir. Y entonces aparecía un botones con un escritorio portátil sobre una bandeja de madera: folios, tinta y plumín. Y el mismo botones llevaba, en mano, una vez llenos los putos folios, los artículos a los periódicos, entre ellos el ABC, también Arriba y El Alcázar, supongo. Exactamente así era la distribución. Todo cambió con la era digital y, un poco antes, con el fax, que fue el comienzo. La caída de las linotipias terminó también con el periodismo en estado puro. Yo el viernes escuché a una locutora de televisión decir: “Su santidad el rey de España”. Y entonces recordé el periodismo antiguo y me cagué en el periodismo de nuestros días. Nadie sabe nada de nada, hay más analfabetos funcionales en los medios informativos y en la política que en todo el resto del Estado. Eché de menos el recado de escribir de César y de otros en los cafés de Madrid y también la prosa lírica de Almadi, las entrevistas de don Luis Álvarez Cruz, los reportajes del circo de Vicente Borges, el Pico de Águilas de Alfonso García-Ramos y las crónicas de internacional de Elfidio Alonso. Y las dos palabras de Salcedo. Y los maravillosos pies de fotos de don Víctor Zurita, comentando las fotografías de Baeza, que eran, ambos productos, pura poesía. Don Víctor admiraba la poesía de Verdugo y yo entre todos ellos soy un pintor de santos de alcobas, que cantaba don Antonio Machín. La letra de Presuntos Implicados dice: “…cómo hemos cambiado”; y es verdad. Pero decididamente hemos cambiado a peor, aunque eso ya lo había adelantado el mago, que es analfabeto pero listo: a peor la mejoría.
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