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Sin humor

No sé si será el verano, la política o el Mundial de Fútbol, pero se me ha escapado corriendo el humor. Ha huido, a la misma velocidad que yo acudo a los médicos para que me miren el corazón o me quiten un tumor en la nariz. Coño, la que me espera. Yo creo que este país se ha vuelto imposible y ahora que controlo los precios de lo que compro, mi economía está destrozada. Miren, yo mido el aumento del precio de los alimentos con el paté de Royal Canin que le doy a mi perrita. A cada poco lo suben de precio. Son céntimos, pero a mí nadie me sube céntimos de nada. O sea, que cada vez tengo menos capacidad para llegar a final de mes. No digamos la ladroniza de la gasolina, de la que ya hablé ayer. Llega uno al veranito sin pizca de humor, sino con ganas de mandarlo todo a tomar por saco, incluido el coche. Pero, claro, ¿qué haces sin coche? ¿Depender de la guagua y de sus distintos olores? Uno, que ha vivido relativamente bien, no se adapta al colectivo ni de coña. O sea, que estoy pasando una etapa terrible y además rodeado de magos peludos. Porque a cualquier sitio que uno va se encuentra con ellos, que han perdido el miedo a bajar al centro. Servidor no halla consuelo en este entorno, del que siempre ha huido como un gato al agua. Entonces, descartando el suicidio, no sé qué hacer para librarme de toda esta presión que me agobia. A lo mejor me apunto a la vida contemplativa de Silos, donde hay una comunidad de religiosas jóvenes y alegres que explotan la tiendita del monasterio y que hacen a uno creer en la juventud. Visten hábito de tela vaquera y son un modelo de la alegría que debería tener siempre la Iglesia. En fin, que me rindo.

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