La palabra terremoto tiene significado propio. Y significa lo que ha pasado en Venezuela, en La Guaira, en Caracas y varios estados. Luego están los terremotos políticos. En España acaba de suceder uno ahora mismo.
Hablemos primero de Venezuela, de la desgracia. Hay muertos canarios bajos los escombros. Más de 50.000 desaparecidos, según la ONU. Las calles que recorremos en vida se vuelven fosas comunes tras los seísmos, donde todos, por cierto, somos iguales, no se nos mira la nacionalidad o el color de la piel, esos dogmas de moda que imponen quienes gobiernan como si nunca fueran a morirse.
Tiene la muerte que venir a poner las cosas en su sitio, a restaurar el sentido común. Porque en España muchos de la misma cuerda reniegan del perverso migrante venezolano que se beneficia de la regularización. Hoy resulta paranoico y saludable ver a Trump volcándose en auxilio de las víctimas de un país que antes bombardeaba, porque ahora lo considera un protectorado y lo mima y le esquilma el petróleo, como asfixia a Cuba hasta el día que la someta y proteja como una mascota si un temblor la descalabra como este doblete sísmico ha hecho con Venezuela, el mismo miércoles que EE.UU. inauguraba los festejos del 250º aniversario de su independencia. “Estaremos allí para nuestros nuevos y grandes amigos…, vamos a ayudarles”, anunció Trump, chiripitifláutico, dando instrucciones a todas las agencias del Gobierno para actuar “con rapidez”. Es ver para creer.
Los terremotos sacan a la superficie sentimientos enterrados como la compasión. En Venezuela se repiten o retocan algunas historias que conozco. El milagro de la iglesia de La Guaira, con los feligreses sobreviviendo en mitad de una misa durante el temblor, contrasta con otra iglesia en el seísmo de Pisco, hace veinte años, donde todos murieron, salvo un bebé y el cura, bajo dos toneladas de escombros. El pequeño, cubierto de polvo, estornudó y rompió a llorar. Todos lloramos ese día en un país latinoamericano del Cinturón de Fuego del Pacífico, Perú, donde me encontraba junto al periodista Javier Cabrera.
Los terremotos unen a los supervivientes y a los rescatistas en una camaradería que desmiente el carácter hostil de un hemiciclo como el nuestro, donde el papa hablaba de desarmar las palabras. Ningún país se parece a sí mismo antes y después de la catástrofe. Es una lección existencial vivirlo, y se queda grabada con el recuerdo de un terremoto magnitud 8, tan cerca de Venezuela, en 2007.
¡Qué suerte que Venezuela tenga quien la socorra! De verdad que alegra ver a EE.UU. brindándole toda la ayuda terrestre, marítima y aérea para sacarla del hoyo. Y que los deseos de Maduro desde una cárcel de Brooklyn coincidan con los de Trump, su captor. Trump y Maduro en el mismo barco. Desconozco el sentido profundo de estos hechos, pero ahí están.
España se vuelca con Venezuela. Y Canarias. ¡Qué menos! Me hubiera gustado poder decir lo mismo respecto de Cuba, a la que tenemos olvidada, hasta que Trump la adopte por la fuerza y vayamos detrás como corderitos. Pero Venezuela, al menos, no está sola. Nuestra querida tierra de promisión.
Políticamente, Venezuela ha sido un tema divisivo entre el Gobierno y la oposición en España. No nos engañemos. La Venezuela de la fobia a Zapatero, que es la perla de todas las diatribas de la derecha contra Sánchez, hasta haber caído en el mayor de los ridículos desde que el mismísimo Trump se erigiera en el máximo tutor del chavismo.
Estos días no podemos quejarnos de cuánto estamos aprendiendo. Han votado juntos en el Congreso PP, Vox y Junts una moción para pedir la dimisión de Sánchez. Hace tres años, las dos fuerzas de la derecha querían sepultar a Junts, en contra de la amnistía, y declararlo ilegal. Ayer, Feijóo llevó a Cataluña un seísmo político. Sin ponerse colorado, dijo que el PP deja atrás el próces y tendió la mano a Junts: “Nosotros también queremos pasar página”, soltó a los cuatro vientos. No se movió la tierra. Pero se trataba de un terremoto. Un terremoto para los incrédulos.
A Feijóo no se le había aparecido el Espíritu Santo. Lo que pasa es que el Tribunal de Justicia de la UE, previsiblemente, dictará una sentencia histórica el 16 de julio, dando la razón a Sánchez en la ley de amnistía. Y, acto seguido, el Tribunal Constitucional la hará efectiva en el caso de Carles Puigdemont, que podría volver a España.
Feijóo necesita a Junts para una moción de censura, y se le resiste. Ayer dio un paso, quizá suicida, con ese fin, que igual no le basta y le inflige un doble castigo: la derrota frente al PSOE ante la justicia europea y el fracaso ante la derecha catalana. No es que Sánchez cure todas sus heridas con ese eventual éxito político y jurídico a la vuelta de la esquina, pero este terremoto político hará época en la historia de España.
